Los derechos laborales y Upton Sinclair

En su novela, “La jungla”, publicada en 1906, el escritor norteamericano Upton Sinclair nos recuerda que la utopía de algunos teóricos contemporáneos en materia económica, como la eliminación del salario mínimo y de la seguridad social, existió hacia principios del siglo XX. Quien quiera saber cómo será un mundo sin Estados, sindicatos, convenciones sociales y derechos laborales, puede simplemente adentrarse en las páginas del trabajo de Sinclair. Porque la novela, publicada primero como una serie de artículos en el periódico socialista Appeal to reason, se basa en la acuciosa investigación del escritor en las fábricas empaquetadoras de carne.

“All day long the blazing midsummer sun beat down upon that square mile of abominations: upon tens of thousands of cattle crowded into pens whose wooden floors stank and steamed contagion; upon bare, blistering, cinder-strewn railroad tracks, and huge blocks of dingy meat factories, whose labyrinthine passages defied a breath of fresh air to penetrate them; and there were not merely rivers of hot blood, and carloads of moist flesh, and rendering vats and soap caldrons, glue factories and fertilizer tanks, that smelt like the craters of hell—there were also tons of garbage festering in the sun, and the greasy laundry of the workers hung out to dry, and dining rooms littered with food and black with flies, and toilet rooms that were open sewers”.

Sinclair se inscribe en la línea de realismo social para denunciar, a través de sus personajes, las calamitosas condiciones de trabajo de los obreros en una fábrica de Chicago. Los protagonistas, una familia de emigrantes de Lituania, llegan a los Estados Unidos en busca de un mejor futuro. El personaje principal, Jurgis Rudkus, es un trabajador infatigable que, ante cada contratiempo, responde lacónicamente “trabajaré más duro”. Sin embargo, la familia constata con amargura cómo el sistema está completamente en contra de los obreros. Desde el capataz hasta el patrón, pasando por la policía, los jueces, los abogados y los vendedores de bienes raíces, la idea detrás de Packingtown es una máquina diseñada para triturar seres humanos.

Lo más desolador de “La jungla” no es el pathos que le puede imprimir la talentosa pluma de Sinclair, es saber que todos los hechos están bien documentados y se alejan apenas unos pocos centímetros de la realidad. Porque por cada Jurgis barriendo los suelos llenos de sangre de los mataderos, hay miles de personas de carne y hueso, que vivieron en las mismas condiciones.

Las condiciones de Packingtown son muy parecidas a aquellas que nos pretenden imponer ciertos teóricos por la “libertad”: una economía desregulada, en la cual Jurgis puede ir de fábrica en fábrica negociando su salario, compitiendo con decenas de condenados en la misma situación, obligado a aceptar condiciones paupérrimas.

Jurgis no tiene vacaciones, ni caja de ahorro, ni compensación por desempleo. No tiene seguro social, ni cobertura médica; y cualquier accidente que ocurra en la fábrica será cubierto rápidamente por el médico de la planta, quien declarará cero responsabilidad del empleador. De hecho, en una de las escenas más desoladoras del relato, Jurgis descubre que un capataz ha estado abusando de su mujer y amenazándola con despedirla. Cuando el lituano se entera, decide confrontar al sujeto y partirle la madre a golpes. Esto le gana al protagonista un paso por el sistema judicial corrupto y vendido al mejor postor, que termina encarcelándolo.

En el plano psicológico, la novela acierta al mostrarnos el cambio en la familia lituana. Fascinados al principio por la mecanización del trabajo y de cómo cada obrero hacía una tarea específica, poco a poco se van dando cuenta de que, mientras ellos empujan reses y cerdos hacia el matadero, la fábrica los empuja a ellos hacia la muerte o el desempleo. La tarea del capataz es esa, explícitamente esa, “romper” a los obreros. Exigirles y forzarlos hasta que los accidentes, o sus organismos propios, los descartan y los echan. Luego aparecen otros pobres diablos quienes tomarán su lugar.

Es fácil entender que las condiciones descritas por Sinclair siguen existiendo hoy en día. Si bien nuestras Packingtown no están en Chicago sino en Asia, el abuso sigue siendo el mismo. Incluso en las sociedades “desarrolladas”, la lucha es constante entre los empleadores y los empleados por destruir los derechos de estos últimos. Esto no es exageración ni ficción: yo mismo he presenciado, de primera mano en mis trabajos proles, cosas como empleados trabajando más de veinte días seguidos sin descanso, bonos borrados de un plumazo, horas de trabajo que no te pagan, trabajo nocturno o los fines de semana sin indemnización (“tómelo o déjelo, acá es así”), accidentes por fatiga excesiva, “almuerzos” que consistían en un bollo de pan y una porción de queso fundido, vacaciones negadas, multiplicación de puestos, y muchos etcéteras más.

Sí, estoy hablando de Francia, el país de los Derechos Humanos y de los sindicatos, de las 35 horas de trabajo y de la vida bella para algunos. Es en este país donde trabajé con un ucraniano, por ejemplo, que dormía en el sótano escondido dentro de un clóset, comía las sobras y no salía jamás del hotel. Era un esclavo moderno, ni más ni menos.

Volviendo a “La jungla”, es triste que el realismo social de Sinclair haya sido tan prolífico y tan gráfico, que su novela, destinada a llamar la atención sobre las condiciones de trabajo de los inmigrantes, terminó creando un escándalo… Sobre la forma en la que se empaqueta la carne.

“Traté de llegarle al cerebro de los lectores, pero llegué fue a sus barrigas”, dijo Upton Sinclair. Su trabajo fue la piedra angular de una serie de reformas en la inspección de los productos destinados a la alimentación, que se convirtieron en el Food and Drug Administration en 1930.

“La jungla”, es una lectura indispensable, que ayuda a contextualizar los debates con un marco histórico. Retrata una época en la que el Estado no se inmiscuía en las andanzas de las empresas, lo cual se reflejaba en una no muy sorprendente baja de la calidad, y aumento de la producción:

The meat would be shoveled into carts, and the man who did the shoveling would not trouble to lift out a rat even when he saw one—there were things that went into the sausage in comparison with which a poisoned rat was a tidbit. There was no place for the men to wash their hands before they ate their dinner, and so they made a practice of washing them in the water that was to be ladled into the sausage. There were the butt-ends of smoked meat, and the scraps of corned beef, and all the odds and ends of the waste of the plants, that would be dumped into old barrels in the cellar and left there. Under the system of rigid economy which the packers enforced, there were some jobs that it only paid to do once in a long time, and among these was the cleaning out of the waste barrels. Every spring they did it; and in the barrels would be dirt and rust and old nails and stale water—and cartload after cartload of it would be taken up and dumped into the hoppers with fresh meat, and sent out to the public’s breakfast”.

Tampoco hay que ser un vidente para darse cuenta de que la eliminación del salario mínimo y demás derechos laborales, nos devolverían directo a principios del siglo XX.

“Here is a population, low-class and mostly foreign, hanging always on the verge of starvation and dependent for its opportunities of life upon the whim of men every bit as brutal and unscrupulous as the old-time slave drivers; under such circumstances, immorality is exactly as inevitable, and as prevalent, as it is under the system of chattel slavery”.  

Así que recuerda, cuando escuches el discurso sobre cómo el Estado le pone trabas a la empresa privada, que a veces, en ciertos casos, es el Estado el que está evitando que la empresa privada te venda salchichas de rata molida. Porque puede ser que reducir o eliminar al Estado signifique menos papeleo, pero también significa menos control.

Hay puntos medios.

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Sobre el humor

En estos días estuve conversando con la gente de los podcasts Rueda Libre, sobre el humor. El tema fue la puerta de entrada a una serie de consideraciones sobre qué nos hace reír, cuál es el papel del humor en las autocracias y en los regímenes totalitarios, la existencia y función del humor universal y local, y algunos autores y escritores que nos parecen referentes importantes en el tema.

Acá pueden escuchar el programa completo, de una hora veinte. Dénle play y déjenlo rodar, se cuela bien en el fondo ya que es una conversación amena.

Gracias a Adriana Pérez Bonilla y Gina Monc por la invitación.

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Semiología palestina*

La bufanda kufiyya de Arafat es el nuevo CheLa bufanda kufiyya de Arafat es el nuevo Che

El conflicto israelí-palestino representa la vanguardia de la revolución mundial. Dentro del discurso progresista bien pensante, la situación de opresión que viven los árabes en la Franja de Gaza sintetiza todas las contradicciones del mundo contemporáneo. La solidaridad automática con el pueblo palestino, más allá de las consideraciones políticas reales, recicla las imágenes binarias, de colonizador-colonizado, amo-esclavo, imperialista-oprimido, que fungen como gran movilizador de la masa que se quiere crítica, rebelde y contracultural.

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Por supuesto que existen análisis políticos pertinentes y consideraciones serias en torno a este conflicto y la posibilidad de una salida pacífica. Pero acá no estamos hablando de política real, estamos hablando del lugar que ocupa Palestina dentro del discurso ideologizante. Es aquel discurso que se quiere emancipador, que se presenta como defensor de los más desvalidos pero que, al final, termina siendo el motor de una opresión aún mayor. Es un discurso conservador, timorato y escéptico ante la globalización, que pretende vendernos el rechazo al progreso como una forma de defensa de las excepciones culturales. Es el destino final de toda revolución contemporánea, quiérase cubana, regionalista bolivariana o pan-arabista en su versión Gadaffi: subdesarrollo, corrupción y destrucción del concepto “occidental” del Estado, lo cual termina en un sistema judicial disfuncional que significa cárcel y represión.

 

En este sentido, no se trata de manifestar contra los bombardeos de Gaza, una postura política coherente y legítima. Porque si hablamos de manifestar contra la opresión en el mundo árabe, bien podríamos citar casos peores y más legítimos para suscitar nuestra indignación: la masacre de civiles en Siria, por ejemplo. O la creación del nefasto estado islámico en Irak y Siria (ISIS), gran destructor de la libertad de los árabes. Porque ¿dónde estaba el manifestante progresista bien pensante cuando mataban musulmanes en Bosnia, o Chechenia, o incluso en La India?

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Estamos lejos de hablar de una defensa del pueblo musulmán oprimido. En este discurso dizque emancipador, se anula el sufrimiento de ciertos árabes (los que no convienen) llegando incluso hasta aberraciones como apoyar a opresores como Bachir Al-Assad en Siria.

 

Una foto de niños árabes muertos en Palestina funciona como detonante de la rabia mundial, mientras que una foto de niños muertos en Siria se recibe con escepticismo, con relatos de manipulación mediática, con hipótesis enrevesadas de complots internacionales imperialistas. Con disparates, pues.

 

Esto se debe a la extraña fijación que se tiene con Palestina. Los palestinos representan la vanguardia de la revolución, son el nuevo proletariado global.

 

Basta con leer el manifiesto de los jóvenes de Gaza para entender el control totalitario que ejerce Hamas sobre su propia población. Es suficiente para separarse de este “nuevo mundo” propuesto por la progresía bien pensante y cuestionar los valores que se pretende defender.

 

Dentro de este nuevo discurso emancipador global, Palestina representa lo que Charles Sanders Pierce llamaba un token: es una pieza que condensa, por sí sola, todos los males de la globalización. Como el humo precede al fuego, Palestina es la prueba viviente del fracaso del Fin de la Historia. El movimiento de globalización económica produce violencia y opresión, de la misma manera en la cual el Estado de Israel segrega y somete a los árabes de la región.

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Por eso es que aparecen expresiones de antisemitismo primitivo en las manifestaciones pro-palestinas, porque lo que se manifiesta no es la indignación ante las muertes, es el rechazo irrestricto al sionismo, que se percibe como punta de lanza del imperialismo globalizador en el mundo árabe.

 

Palestina como metáfora de la opresión globalizadora, el rechazo a Israel como rechazo a los valores occidentales y el supuesto respeto a la diferencia cultural: es por eso que el progresismo bien pensante, reaccionario y conservador como suele ser, se activa ante el token palestino.

 

Es el “¡fuego!” que grita alguien en un teatro cuando percibe humo. Es la necesidad de movilizarse, sin hacer muchas preguntas, hacia la salida. De esta misma forma, “¡Palestina!” activa las dendritas progresistas, de algo-va-mal-pero-no-sé-bien-qué, y se erige en una pseudo reflexión que enmascara el no-pensar.

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De esta manera, el progresismo bien pensante convierte a Palestina en un peón dentro de su juego de ajedrez ideológico mundial. Se apropia de los muertos árabes y los exhibe en su afán de movilizar gente contra “la globalización occidental”, un modelo político-económico que se define como malvado a priori, de manera acrítica.

 

Mientras tanto, árabes oprimidos siguen muriendo en Siria, algunos hasta son crucificados en el nuevo califato musulmán, sin que ello despierte más que un murmullo atropellado sobre la diferencia cultural y la incomprensión de las manifestaciones regionales. Qué lástima que esta gente no muere en Gaza; tal vez si los reventara el Tsahal a bombazos en vez de Al-Assad, al progresismo mundial sí les importarían.


*Entrada publicada en Panfletonegro: http://www.panfletonegro.com/v/2014/07/27/semiologia-palestina/

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Javier Cercas y el postfranquismo

 

Muchos venezolanos se preguntan cuáles son las posibilidades de un cambio en la dirección catastrófica que lleva el país. Javier Cercas, en su último esfuerzo, “Las leyes de la frontera“, nos ofrece el retrato de una juventud olvidada y abandonada, sin esperanza, en los años que siguen a la muerte del dictador español. Si bien la novela es demasiado irregular y contrasta una excelente primera parte con una segunda parte carente de interés, lenta y redundante, esa primera parte nos muestra que los cambios, políticos, sociales y culturales, deben venir de la población, no del sistema. ¿Muerto el perro, se acabó la rabia?, no según Cercas, para quien el fantasma de Franco ensombrece el relato inicial:

 

Hacía tres años que Franco había muerto, pero el país continuaba gobernándose por leyes franquistas y oliendo exactamente a lo mismo que olía el franquismo: a mierda.

 

Porque es difícil instaurar la disciplina, después de años sin tenerla; la honestidad, después de décadas aupando la corrupción; el respeto a las leyes, donde antes existía el darwinismo primitivo:

 

Lo que quiero decir es que entonces todo era posible en una comisaría, no como ahora, aquella todavía era para nosotros una época de, ¿cómo decirlo?, impunidad; no hay otra palabra: aunque Franco llevaba tres años muerto, en comisaría hacíamos lo que nos daba la gana, que era lo que siempre habíamos hecho.

 

Es un buen recuerdo de que, una vez que se logra sacar al fascismo del poder, se debe posponer la celebración, ya que todo está aún por hacer…

 

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Devaluación y golpe de Estado

Después de leer la divertidísima “Día de los muertos“, decidí zambullirme en “Red jungle”, otra novela de Kent Harrington. El autor norteamericano nos propone ahora un relato de intrigas en medio de la selva guatemalteca, mientras Russell, el protagonista, intenta hallar una ruina maya que lo hará millonario.

Sin embargo, el personaje principal se ve envuelto en las políticas internas de Guatemala, un país que se enfrenta a un grave situación económica debido a la caída de los precios del café. Como asesor de un partido político que parece destinado a perder las elecciones, Russell expone su solución a la crisis económica:

“There’s going to be a
devaluation of the
quetzal. I just heard,”
Antonio said.
They had all met at De
La Madrid’s house, the
entire would-be cabinet,
including Senator
Valladolid. The senator
was scheduled to be De
La Madrid’s foreign
minister. Probably a
mistake, Russell thought,
glancing at the old man.
“Are you sure?”
Russell said.
“Yes. My brother just
called.” Madrid’s brother
was head of the Bank of
Guatemala. “It gets
worse. It’s going to be
eight to one,” Antonio
said, looking at him.
“Jesus!” (…).
Russell went to a space on
the couch and sat down
between the would-be
minister of the interior
and a young woman who
was slated to be minister
of defense. If Madrid was
elected, she would be the
first woman in
Guatemalan history to
hold the post.
Russell didn’t think
they had a chance now.
The political situation—if
there was a devaluation—
would be chaotic at best.
“Why now?” Russell
asked as he sat down.
“The government
can’t make the payment
on a dollar loan coming
due next week—five
hundred million,”
Antonio explained. “They
don’t have the reserves,
and they can’t borrow any
more because of the
coffee crisis. The World
Bank will provide a
bailout package, but only
if we submit to an IMF
restructuring. Devaluation
of the currency is the
center-piece of the plan,
of course. It’s supposed to
make our coffee more
competitive.”
“The whole country is
bankrupt!” Senator
Vallodalid said
cheerfully. “Pretty soon
we’ll be paying them to
buy our coffee.” He raised
his glass and smiled at
Russell. He was drinking
scotch out of a Waterford
tumbler and wore a pink
cravat. He looked like he
was going to Cap Ferret,
not facing a political and
financial crisis.
“We were wondering
what you thought we
should do, young man?
You seem to know all
about these financial
matters,” Valladolid said.
“I just think they want
cheap coffee.” All the
men and the woman
shook their heads in
agreement. “After all,
Europe and America are
having a recession,” the
senator said. “They want
a bargain.”
“It’s criminal. It
means we get even less
for our coffee,” the young
woman next to him said.
She was a young human
rights lawyer whom
Madrid had selected
because her good liberal
credentials would steal
votes from the more
radical left elements. “It
means the price for hard
bean superior would be. . .
.”
“About ten dollars a
kilo,” Russell finished her
sentence.
“That’s impossible. It
can’t be allowed,” Madrid
said.
“The unemployment
rate will go to fifty
percent if the IMF gets its
way,” Russell said. “It
will open the door again
to the Communists.”

The devaluation would
create a financial death
spiral, Russell knew. It
was essentially the same
thing that had just
happened to Argentina.
Once the international
currency speculators got
wind of the IMF plan,
they would drive the
currency down even
further. The government’s
bonds would be
worthless, and interest
rates would skyrocket.
Dollar reserves, so crucial
to any modern banking
system, would leave the
country almost
immediately as the rich
pulled their dollars out of
the country’s banks.

“My brother says that
President Blanco has
already approved,”
Madrid said.
They were all looking
at Russell. None of them
had trained as
economists.
“There has to be a
solution,” Madrid said.
“We can’t let the country
slip away again.”
There was silence.
Everyone in the room,
including Russell, had
lost someone in the war.
Russell looked at the
faces in the lamplight.
They were frightened. No
one wanted another
Argentina. No one wanted
the Communists to come
back as a political force.
No one wanted more
violence.

“The government
could declare a debt
payment holiday while
they try to renegotiate
with the creditors. Then
maybe they could build
reserves, defend the
Quetzal. But if you
declare a debt holiday,
Guatemalan bonds are
going to collapse. And
new loans will be
impossible to get, because
the IMF will blacklist
you. You can’t win….
There is no solution. The
IMF and the World Bank
hold all the cards. On the
other hand, if they
devalue there will be
massive inflation and
unemployment. I think
the war will start all over.
The reds are already
making noises,” Russell
said. “They’re probably
talking to Castro in
Havana right now. It’s
their big chance to make a
comeback. They’re
probably praying for a
devaluation.”

“It’s what the
Americans want, isn’t it?”
Valladolid said. “I mean,
they want Selva to win.
They don’t care if there’s
political chaos. In fact, I
think it serves their
purpose. When has peace
and prosperity served the
colonists?” the old man
said. “We’re finished. We
were finished a long time
ago.”

“Why don’t you stop
blaming the fucking
Americans for
everything? They didn’t
borrow the fucking
money from Citibank and
then steal it. They didn’t
send it to accounts in
Switzerland. And they
didn’t stop you from
investing here instead of
sending your money out
of the country for the last
hundred years,” Russell
said angrily. “That’s the
problem with you people.
You haven’t taken
responsibility for your
own damn country.
Where are the factories,
the highways, the
railroads? You’re as
much to blame as the
Americans are, for
Christ’s sake!”
The young woman
lawyer stood up angrily.
Madrid told her to sit
down.
“He’s right,”
Valladolid said. “He’s
right. All of you have
bank accounts in Miami. I
know I do. That’s the
horrible truth. We, the
class that mattered here,
when did we really
believe in the country?
The boy is right.”
Russell poured
himself a glass of wine
and went to the window.
He felt ashamed of his
outburst. The others
started to talk about party
politics. He listened for a
while. Their internecine
squabbles seemed
ludicrous in the face of
the economic crisis that
would sweep them all
away.

It was late. He drained
his second glass of wine
and walked back to the
couch. Everyone had left
but the Senator and
Madrid. There was no
consensus on how to face
the devaluation. It looked
as though Madrid’s
coalition would break
apart. A privatization of
the telephone company,
which had been the
centerpiece of their
platform, seemed
impossible now. Who
would want to buy it now,
with the country in chaos?

“There’s one
solution,” Russell said,
coming back to the couch.
“Well, go ahead boy,
don’t keep us in
suspense,” the senator
said.
“A coup,” he said.
“We get rid of Blanco and
take power. Ignore the
IMF’s suggestions. Do it
before the election. Then
you privatize the
telephone and the water
and electricity companies.
With the money you get,
you defend the quetzal.
It’s a gamble, but it might
work. The international
capital markets will love
the privatization, and
might just not sell the
country’s debt off once
they hear the plan. They
certainly won’t care much
about the coup, given how
bad things are anyway. As
long as we make it clear
the new government is
pro-business. . . . Interest
rates might actually go
down,” Russell said. “It’s
a big gamble. But you’ll
have to move quick.
President Blanco has to
go. And the army has to
be brought to heel.” The
two older men looked at
him, open-mouthed.

“It might work,
Rudy,” Madrid said
finally. “Jesus . . . it just
might work. We’ll hold
elections in a year after
the coup.”

“The embassy will
come to Blanco’s
defense,” Valladolid said.
“But I like it. Blanco is a
prick. I never liked the
man,” the senator said.
“I think the telephone
company alone is worth
maybe a billion dollars.
Let’s say in four months,
you have five or six
billion in the treasury.
That’s enough. You
wouldn’t have to
devaluate,” Russell said.
“You could start paying
on the defaulted loans.”
“All we have to do is
overthrow the military
government,” Rudy said.
“It’s child’s play . . .
really!” They all laughed.
“Of course—because
it’s Guatemala—they’ll
try to kill us first,”
Madrid said. “Because
nobody in this fucking
country can keep a
secret!”

(…)
“You know if we
decide to do this, we
might all be killed,”
Madrid said, looking at
him. “You realize that,
young man?”
“Yes. But we might
also save the country
from a civil war and
financial collapse,”
Russell said.
“Jesus. I love young
people!” Rudy said.
“They always are ready to
die. Personally, I love life
too much, I think. The
older you are, the more
you love it.”
Russell looked at
Madrid.
“He’s right, Rudy,”
Madrid said. “We have no
choice now. Do we?”
“No, I suppose not.
But I certainly hope we
don’t have to die. I
suppose we can’t do this
from Miami, young
man?”
“No,” Russell said,
and smiled. “You can’t do
it from Miami.”
“I didn’t think so. It
was just an idea.”
“Well, welcome to the
government,” Madrid
said, looking at Russell.
“I’m appointing you to
the provisional central
bank as of this evening.
You’ll have to run the
privatizations. . . . And
help us plan this coup.”
“Me?”
“It was your idea,”
Madrid said. “Anyway,
we can trust you, I think. I
don’t even trust Rudy.”
“Young man, if we
manage to get ten billion
dollars in the treasury,
you won’t even be able to
trust God himself,” the
senator said”.

“Red jungle” vale bastante la pena. Es una novelita de ritmo endiablado, lleno de escenas de sexo tórrido en medio de la selva (y a veces los cangrejos), tiroteos con guerrillas y maquinaciones tras bastidores.

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Kent Harrington y la novela negra electrónica

Llegué a Kent Harrington gracias a un artículo sobre su último opus, “Tabloid Circus”, donde el crítico bañaba al escritor de halagos y lo describía como “uno de los más originales autores de novela negra norteamericana”. Como esa es una categoría increíblemente competitiva, decidí echarle un ojo al autor.

Pues cuál fue mi sorpresa cuando encontré uno de sus libros en venta en formato digital… Por sólo 89 centavos de euro. Sí: *ochenta y nueve centavos*, o medio boleto para el transporte público. El libro físico, en el mismo sitio de Amazon, costaba 13 euros, un precio que, si bien es bajo, no puede jamás competir con su doppelgänger electrónico, aparte de que lo recibes a los 30 segundos, no cinco días después, por correo.

La verdad, ha sido un gran hallazgo. “Día de los muertos/Day of the dead”, el libro en cuestión, es una divertidísima novela negra sobre un agente corrupto de la DEA que trabaja como coyote, llevando gente a los Estados Unidos. En medio del ambiente húmedo y sudoroso que plantea Harrington, el agente Calhoun debe lidiar con un brote de dengue que ha contraído, aparte de las deudas de apuestas que también ha contraído y que lo obligan a tomar decisiones cada vez más arriesgadas.

Si tienes 89 centavos y estás buscando una novelita para llevar a la playa este verano, “Día de los muertos”, de Kent Harrington es una excelente opción.

“En México, los años cincuenta no habían muerto. Marilyn Monroe no había muerto. El machismo no había muerto. Siempre colgaba un pequeño olor a gente sobreexcitada, como entrar a un cuarto donde alguien acaba de tener sexo”.

“You don’t understand Mexico. Look out the window. What do you see?” Calhoun turned around and looked at the skyline. “One very fucked-up city.” “No. That’s property, amigo. Twelve people own this country. Twelve. Sometimes we don’t get along, and there’s a misunderstanding and then something like this happens,” Guzman said. “You’re saying twelve people own Mexico?” “Yes…and I have their phone numbers. Now one of them wants to own it all.” “That wouldn’t be you, would it? Or are you just an innocent billionaire?” Guzman laughed. “It’s the same in your country. Look at the headlines…Forbes, Perot. What’s the difference?” “Yeah – what about democracy, asshole…it isn’t the same at all.” “That’s very funny. Tell me something, gringo, how many political killings has your country had in the last twenty years?” “What do you mean?” “We’ve had many in Mexico; how many have you had?” Calhoun looked at him, suspicious. “What are you getting at?” “Look at the streets in Los Angeles. What difference is there between any of your big cities and Mexico City, now? People living in the streets, billionaires running things. Why do you think you’re so different…because everyone has television? Go to the poorest parts of Mexico City or Tijuana, what do you see? TV antennas. You’re just like us now; but you don’t want to admit it. You walk through a ghetto and see a streetlight and call that democracy. The greatest country on earth. Isn’t that what your anchorpeople call it? Look out that window, amigo, the view is the same everywhere now. Jakarta to New Jersey… It’s over.” “Shut up,” Calhoun said. “We are different. We aren’t anything like this stinking country. We have rules and laws and you can drink the fucking water”.

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Cien años de Marguerite Duras

El centenario del nacimiento de la escritora francesa es un buen momento para volver a leer “El amante”, un libro pequeño y compacto pero polifacético, casi perfecto. Es un tour de force de la francesa, un texto que reivindica la libertad individual por encima de todo.

Confieso que, en esta época donde la novela tradicional y clásica parece demodé, Duras nos recuerda por qué la buena literatura no morirá jamás. Porque ante pasquines sin color ni profundidad, pero que forman trilogías dizque sexuales que terminan siendo llevadas al cine, el relato de Duras respira realismo por todos sus poros.

 

Sucede que las escenas de erotismo sugerido de “El amante” están muy por encima de las chapuceras aproximaciones que se proponen para el público conservador que compra novelas en aeropuertos. Porque el trabajo de Duras no es estrictamente sexual (aunque obviamente hay mucho de eso), sino que se erige como psicoanálisis familiar y retrato de la Indochina de la preguerra.

 

Para escenas de sexo tórrido tenemos a Sade, y hasta que alguien no escriba algo más chocante que la coprofagía de Justine, yo, por lo menos, no me ruborizaré (aunque Hubert Selby Jr. le llegó cerca con el sadismo de The Room).

 

Es por esto que admiro la pluma taimada y controlada de Duras, quien no tiene que recurrir al full frontal para transmitir la pasión de su personaje. En medio del clima húmedo y caluroso de Vietnam, siempre me pareció que la escena cortada de Apocalypse Now!, que Ford Coppola incluye en su versión Redux, tenía algo de durasiano. En la conversación francesa en el bungalow, veía a una joven Duras de dieciséis años lamiéndose los labios como Lolita en el fondo de la escena.

 

 

Marguerite Duras (né Marguerite Donnadieu) nació el 4 de abril de 1914, cerca de Saigón. En su centenario, busquen una de sus novelas y deléitense con una escritora formalista, en estos tiempos de apurada narrativa de consumo masivo y producciones cinematográficas de cuestionable calidad.

 

“Quisiera comerme los senos de Hélène Lagonelle comme él se come los míos en el cuarto de la villa china a donde voy cada noche para profundizar mi conocimiento de Dios. (…) Quiero llevar conmigo a Hélène Lagonelle, allí donde cada noche, con los ojos cerrados, me entrego al placer que me hace gritar. Quisiera entregar a Hélène a este hombre, que hace eso sobre mí, para que lo haga sobre ella. Esto en mi presencia, que ella lo haga de acuerdo a mi placer, que ella se entregue cada noche así como yo me entrego. Sería a través del cuerpo de Hélène Lagonelle que su éxtasis me llegaría, ahora definitivo”. (Traducción mía).

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Proust pictórico (11)

Tríptico de Frari (detalle)“, Giovanni Bellini, 1488 (Santa Maria Gloriosa dei Frari, Venecia).

“Lo mismo que los niños tienen una glándula cuya secreción les sirve de ayuda para digerir la leche de la madre, glándula que desaparece en las personas mayores, así estas chicas tenían en su gorjeo notas que ya no tienen las mujeres. Y tocaban ese variadísimo instrumento con sus labios, muy aplicadas, entusiasmadas, como esos angelitos de Bellini que son también atributo exclusivo de la juventud.”.

(A la sombra de las muchachas en flor, pág. 299)

Entrada de la serie Las referencias a la pintura en En busca del tiempo perdido.

 

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“Afrodita C.A. y otras empresas fracasadas” de John Manuel Silva

John Manuel Silva presenta su primer trabajo de ficción, una colección de cuentos publicados por la Editorial Igneo.

El autor, colaborador de Panfleto Negro (que acaba de lanzar su concurso anual), nos invita a pasearnos por un conjunto de relatos construídos alrededor de las relaciones humanas. Ya sean las relaciones familiares (“Los discos de mi padre”, “La pantaleta”), o las relaciones homosexuales de algunos personajes (“Una historia familiar”) las empresas fracasadas de John Manuel Silva me parecen referirse a lo finito y arbitrario de las relaciones entre los seres humanos.

Destacan también dos temáticas más, la narrativa venezolana urbana (“Las fotos de Popeye”, “El hombre de al lado”) y una tímida, aunque acertada, incursión en la ciencia ficción (“Astarté, C.A.”, “Afrodita, C.A.”), un género bastante complicado.

La pluma de John Manuel es sumamente taimada, con un gran control del ritmo y un buen dominio de la trama, lo cual no es poco decir en estos días de escritura apresurada y superficial. Los que admiramos el buen uso de la lengua estaremos satisfechos.

Es un excelente comienzo para John Manuel, un trabajador infatigable de la literatura venezolana que aún tiene mucho que proponer.

Los dejo con una cita del primer cuento, para que vean que la decadencia no es solamente caraqueña:

“En San Antonio de Los Altos la indigencia nunca ha sido un problema; refugiados en una burbuja, los habitantes de esta ciudad tenemos encuentros muy esporádicos con la delincuencia y la pobreza. Vivir aquí es como ser parte de Ibiza, una isla libertina ajena a la España en crisis. Alejados de la capital por una carretera que se puede recorrer en quince minutos, pero que se transita en tres horas debido al tráfico, somos una suerte de oasis arrogante y autosuficiente”.

Si estás fuera de Venezuela, es una buena forma de mantenerte en contacto con las letras nacionales, ya que “Afrodita, C.A. y otras empresas fracasadas” está disponible en Amazon, por menos de 4 euros en descarga.

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Donald Ray Pollock y la maldad en el mundo

Una de las mejores novelas que he leído en estos últimos meses, es “The devil all the time” (El diablo a todas horas) de Donald Ray Pollock. Es una novela anclada en el fundamentalismo cristiano del Bible-belt de la América profunda: un entramado de historias que se cruzan con gran maestría, donde los personajes están trabajados a la perfección.

Su estructura, un modelo de caja china a lo Crónica de una muerte anunciada, propone saltos arriesgados en la narrativa antes de tranquilizarse y reducir la historia a dos grandes ejes.

Pollock nos entrega una novela deliciosa, corta y concisa, llena de imágenes que parecen sacadas de los hermanos Cohen, pero con giros agresivos y sórdidos dignos de los grandes herederos de Faulkner. Hay asesinos en serie, curas lascivos, sacrificios animales, y demás; mientras Pollock nos pasea por el desolador Midwest donde la esperanza ha desaparecido.

Sólo queda la posibilidad de que esta oscura realidad, de pobreza americana y proletariado contemporáneo, signifique la puerta a un mundo mejor en el más allá. Sin embargo, los personajes de Pollock están condenados: mientras más tratan de escapar de sus miserables vidas, más se dan cuenta de que el diablo los acecha, y no los dejará escapar.

“El cura estaba enfermo de ver tanta muerte, tantas oraciones que había dicho sobre los cuerpos apilados de soldados muertos y pedazos de cuerpos humanos. Le dijo a Willard que si la mitad de lo que conocíamos como la historia era verdad, entonces para lo único que servía este mundo depravado y corrupto era para prepararnos para el más allá. “¿Sabía usted -le dijo Willard al chofer-, que los romanos solían quitarle las vísceras a los burros y cocer a los cristianos vivos dentro de los cadáveres animales? Así, los dejaban afuera para que se pudrieran al sol”. El cura estaba lleno de este tipo de historias”.

Definitivamente, lo mejor que he leído de literatura norteamericana desde “El alfabeto en llamas” de Ben Marcus.

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