Tristán García y la generación post mayo del ’68

Tristán García y la generación post mayo del ’68

Tristán García ha tenido una carrera literaria meteórica: su primera novela, “La mejor parte de los hombres” lo colocó en el centro del mundo cultural francés en el 2008, cuando ganó el premio de Flore. García fue rápidamente tildado de “joven promesa” de las letras galas, con toda la responsabilidad que ello conlleva.

 

Sin embargo, no todo ha sido color de rosa para él: “La mejor parte de los hombres”, una novela que trata sobre la explosión del VIH en los ’80, fue rechazada por cinco editoriales antes de ser publicada por la prestigiosa casa editorial Gallimard. Aparte de eso, García es un cineasta frustrado, que ha intentado ingresar dos veces en la Escuela de Cine Fémis; por lo cual, como todo frustrado, terminó escribiendo una tesis de filosofía (bienvenido al club, Tristán).

 

Fue por eso que me aproximé a su última novela, “Faber: el destructor” con bastante escepticismo: porque cada vez que alguien aparece con la cantaleta de que esta nueva “joven promesa” va a salvar: [al rock inglés/ a la literatura latinoamericana/ al cine contemporáneo/ al fútbol nacional], nueve veces de diez, usted se llevará un chasco.

 

Gracias a Dios, Tristán García no fue uno de esos nueve. No sé si él sea la joven promesa de nada o si vaya a salvar a las pobres letras francesas de aquella desgracia llamada Houellebecq; lo que sí les puedo decir es que “Faber: el destructor” es un novelón inclasificable.

 

García nos presenta a este personaje, especie de arquetipo del final de los tiempos, a través de una historia que lo une a dos jóvenes. En este punto, el autor juega con fuego: Faber es una especie de übermensch de Herman Hesse, un Damián extraño y postmoderno.

 

Pero Tristán García está en su mejor forma cuando deja salir a su filósofo interno. Lamentablemente, es sólo hacia el final del libro que el lector encontrará esta joya, verdadero juicio a los tiempos que corren:

 

“Éramos hijos de los niños de la clase media de un país medio de occidente, dos generaciones después de una guerra ganada, una generación después de una revolución fallida. No éramos ni pobres ni ricos, no añorábamos a la aristocracia, no soñábamos con ninguna utopía y la democracia nos daba igual. Nuestros padres habían trabajado, pero nunca en otro sitio que en una oficina, en un colegio, en el correo, en los hospitales, en la administración pública. Nuestros padres no vestían ni saco ni corbata, nuestras madres ni delantal ni conjunto. Fuimos educados por los libros, por las películas, por las canciones –por la promesa de convertirnos en individuos. Creo que teníamos derecho a esperar una vida distinta. Hicimos algunos estudios –un poco, suficiente, demasiados-, aprendimos a respetar el arte y a los artistas, a amar los negocios para crear valor agregado, pero también a soñar, a caminar, a aprovechar el tiempo libre, a creer que todos podríamos convertirnos en genios; detestamos la estupidez, odiamos como se debe a la dictadura del orden establecido. Pero para ganarnos la vida como todo el mundo, una vez que crecimos entendimos que deberíamos entrar por el carril y trabajar. En ese momento era la crisis económica y no había trabajo o era muy mal pagado. Así, sufrimos la sociedad como una promesa rota dos veces. Algunos se acostumbraron, otros no lo soportaron jamás. En ellos hubo una guerra contra todo el universo que los dejo percibir una verdadera vida, la posibilidad de ser alguien, y que sonó, al final de la adolescencia, la campana que señalaba el final del recreo para la clase media. Pedimos a los hijos y a las hijas de los Treinta Gloriosos y del mayo del ’68 renunciar a la idea ilusoria que tenían de la libertad y de la realización de sí mismos, para colocarse el uniforme invisible de las personas. Algunos se empobrecieron, otros se volvieron violentos. La mayoría luchó sin mucha convicción antes de entrar en la masa sin complicarse mucho. Trataron de salvar lo que podían ser: la supervivencia social. Fui de aquellos que escogieron bajar la cabeza para poder pasar por la puerta de mi época –pero Faber no fue así, por gracia o desdicha”.

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