Islam, democracia y occidente, según Boualem Sansal

Islam, democracia y occidente, según Boualem Sansal

El intelectual argelino Boualem Sansal dio esta entrevista a propósito de su libro “2084: el fin del mundo“. En su novela, siguiendo los pasos de Orwell, el autor plantea un mundo desolador gobernado por una religión totalitaria. El gran Dios, “Abi” se venera en “Abistán”, donde se habla una “Abilengua” que impide la herejía. Personalmente, la novela me pareció bastante limitada, pero Sansal es extremadamente agudo en las entrevistas. Sus opiniones, como escritor perseguido y detestado en su país, son centrales para el debate contemporáneo. Acá les dejo un pedazo de la entrevista.

-…El mundo de 2084 parece ineluctable. Sin embargo, la pregunta es, ¿puede coexistir ese mundo con el nuestro o necesita destruirnos para poder existir?

-[Boualem Sansal]: La verdad no lo sé. Cuando veo lo que sucede con DAECH (El Estado Islámico) me digo que, efectivamente, esa gente no puede existir sin destruir al otro. Son como el oxígeno: ocupan todo el espacio que se les ofrece. Tal vez sea pesimista, pero es lo que veo en todos los países donde ellos han avanzado. Cuando los islamistas llegaron a Argelia, estábamos dispuestos a aceptarlos. Pensábamos que era nuestro deber dejarlos ser libres, practicar su fe y existir como ciudadanos, igual que los demás. Pero ellos no lo veían así. Decían: “hablamos en nombre de Dios, y Dios no comparte”. A través de la historia, si seguimos el desarrollo del Islam, siempre procedía de la misma manera en los territorios conquistados. Ofrecía varias alternativas a la gente: la conversión, la muerte o la sumisión. El califato otomano poseía más de cinco mil artículos dedicados a los dhimmis; esos ciudadanos, más que todo cristianos o judíos que obtenían una libertad de culto restringida a cambio del pago de varios impuestos. Esta concepción del “otro” no parece posible hoy en día. Lo que pasó en Argelia, lo que sucede ahora con DAECH, demuestra que la idea que prevalece es la disparición del otro. Ya sea convirtiéndolos o matándolos. Houellebecq imagina otra manera: la toma del poder usando las armas del otro, con su filosofía, su ciencia política, su marketing. Es exactamente lo que hace el AKP en Turquía, utilizar un sistema democrático antes de destruirlo desde adentro.

-¿Son los partidos islámicos incompatibles con la democracia?

-B.S.: En el mundo musulman son incompatibles. Nadie quiere eso. O tal vez una democracia musulmana, que dejaría de lado a los inmigrantes y a los dhimmis. En cambio, en occidente, los movimientos islamistas no tienen otra opción que jugar el juego democrático, ya que no pueden enfrentar la fortaleza de occidente de otra manera, por las armas, por ejemplo. Los comunistas, con todos sus medios, lo intentaron por la fuerza y ni siquiera lograron propinarle un arañazo. Entonces, hay que pasar por las elecciones. Creo que Houellebecq se divirtió escribiendo ese guión, pero que no cree que sea factible. Los islamistas jamás ganarán las elecciones en Francia.

-Entonces, ¿la alternativa en Francia es crear bolsillos de “Abistán”?

-B.S.: Es exactamente eso. Y los islamistas lo han entendido muy bien. Vieron la trampa que representa para ellos la democracia: es un ácido que los disuelve, donde perderán todo combate. Entonces, se aislan y crean pequeños Abistán. En Francia, tienen veinte años haciendo eso, con Abistanes más o menos grandes, de diferentes creencias religiosas. Algunos están en la conquista física, otros en la conquista espiritual, como Tariq Ramadan. Estemos claros: Tariq Ramadan no le haría daño a una mosca, pero pretende convertir a todo el planeta. Así, lo hace de manera muy inteligente, utilizando la democracia, pero sin creer en ella. Ha constatado que no se puede enfrentar a occidente en su terreno, a menos que sea para ridiculizarlo. Que es mejor trabajar para reforzar la posición de los pequeños Abistán. 

-¿Tiene miedo de que DAECH siga creciendo hasta imponer el imperio que usted describe en su novela?

-B.S.: No, DAECH no me preocupa ya que es un movimiento delincuente. Tenemos toda la legitimidad y los medios para combatirlo. El islamismo djihadista es una rama muerta de la evolución del Islam, que siempre ha existido pero que jamás logró instalarse ya que carece de ideas. No se puede gobernar a los hombres como en un cuartel militar. ¿Por qué no podemos luchar contra ellos entonces? Pues, por los daños colaterales. Durante la guerra de Argelia, después de la erradicación de la guerrilla rural, el FLN se lanzó al terrorismo urbano. ¿Cómo combatirlos? Los poderes políticos no lo saben y siempre cometen el mismo error: le dan al ejército poderes policiales. ¿Y qué hacen los militares? Arrestan a todo el mundo, torturan y matan hasta darle una victoria moral a quienes combaten. Los militares sólo saben hacer la guerra clásica, no saben pelear guerras asimétricas. Es por eso que me opongo a los bombardeos y las invasiones militares. Sí, se puede bombardear a un campamento de djihadistas, pero eso coloca a toda la región en un estado de crisis y de terror tal que luego aparecen los flujos migratorios y los desplazados. Hay otra manera de confrontarlos: con la inteligencia, y las armas no son inteligentes. La primera cosa inteligente hubiese sido de poner a Arabia Saudí, Quatar y todos aquellos que financian el djihadismo frente a sus responsabilidades. Ya que si no podemos vencer a DAECH con las armas, a esos estados sí que podemos confrontarlos. Hay que hacer presión con la diplomacia, peleando contra el arma petrolera. Hay que empujarlos a denunciar la retórica djihadista, para que el Islam y sus ideas puedan renovarse. Para terminar, occidente también debe pensar el Islam sin todo el folklore. Si lo hubiesen estudiado mejor, hubiesen entendido el lado irreductible de toda religión.

Boualem Sansal en “Lire” Nº 441, Dic. 2015.

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