El arte venezolano de la guerra

 

Venezuela presa

“En nuestro continente cambiamos de gobierno y dejamos intactas las estructuras de la violencia. Bajo el tejido dizque ‘democrático’ se esconde la cruda verdad de los abusos por parte de los órganos del poder. La tortura en Venezuela es como el Ku Klux Klan: se esconde, pero no desaparece”

Marvinia Jiménez, 2014

 Marvinia Jiménez, 2014

Por VICENTE ULIVE-SCHNELL
Publicado en el Papel Literario de El Nacional:
La marca le causaba escozor. Era una piquiña constante, abrasiva. El suegro de mi tía subía el ruedo del pantalón sin darse cuenta: sus dedos hurgaban la piel, tratando de contener la picazón. Eran los vestigios del famoso “grillo”: una bola de acero encadenada a los pies del prisionero.

Crecí en el seno de una familia combativa, martirizada por las ansias de poder de nuestros políticos. No somos una excepción en Venezuela, mucho menos en Latinoamérica. Nuestra historia es la historia de la tortura del hombre por el hombre. También de la lucha: una lucha incansable por la libertad que hace estragos sobre nuestra piel, nuestros dientes, nuestros testículos electrizados.

En nuestro continente cambiamos de gobierno y dejamos intactas las estructuras de la violencia. Bajo el tejido dizque “democrático” se esconde la cruda verdad de los abusos por parte de los órganos del poder. La tortura en Venezuela es como el Ku Klux Klan: se esconde, pero no desaparece.

¿Sucede esto en todas las sociedades? Sin lugar a dudas. El poder reside en las *instituciones*, no en los edificios o las personas. Los gobiernos detentan el monopolio de la violencia: a través de la policía y de los militares, pueden atacar a los ciudadanos amparándose en la legalidad. Los ciudadanos solo nos enfrentamos a las consecuencias. Cuando un monstruo de la Guardia Nacional decide lanzarte al piso como a Marvinia Jiménez en el 2014, tu única opción es rezar para mitigar los cascazos que te propinarán en la cara.

Sin embargo, las magnitudes de la represión estadal no son las mismas entre los países desarrollados y los nuestros. La saña, el desprecio por los ciudadanos y los asaltos físicos son incomparables. Mientras la policía norteamericana disolvía protestas pacíficas en los Estados Unidos rociando salvajemente la cara de manifestantes con pimienta, a nuestros estudiantes les disparaban con canicas (o metras, como les decimos los venezolanos). Entonces, no nos confundamos: lo primero es escandaloso, un exceso de fuerzas inadmisible. Lo segundo es una violación al derecho internacional. Mientras en Francia los CRS disparan balas de plástico aceptadas por la ley, a nosotros nos disparan tornillos, clavos, guijarros.

En este sentido, vale la pena leer al ganador del premio Goncourt en 2011. Alexis Jenni, en “El arte francés de la guerra”, logra establecer un puente entre los métodos de tortura implementados por el Estado francés en la guerra de Argelia y la represión de las manifestaciones contra Sarkozy. Embistiendo a los estudiantes y pulverizándolos con matracas, se sublima la avidez de sangre de las fuerzas del orden. Se mantiene a la sociedad acostumbrada a la violencia y lista para la guerra. Es un simulacro, como diría Baudrillard, una reproducción de la masacre de Sétif.

En Venezuela no hacen falta simulacros o modelos que serán copiados. Nuestro arte venezolano de la guerra es más expedito. Mientras en Europa la sociedad se entrena para el horror empujando niños con escudos anti-motín, en Venezuela vivimos el horror de primera mano al ver a una persona con síndrome de Asperger recibir el afilado escudo como si fuera María Antonieta guillotinada en la Plaza de La Concordia (Gyanny Scovino, 2017).

Nosotros crecimos en esa sociedad, una sociedad gobernada por el abuso y el sufrimiento inscritos en este arte venezolano de la guerra. No somos franceses, nuestro “arte” es muy distinto. Los únicos grillos que conocen los franceses son los que llevan los hermanos Dalton en la caricatura Lucky Luke. Son un pueblo privilegiado. A menos de ir a hacer la guerra o ser invadidos por otro país, el Estado no actúa en contra de sus ciudadanos como lo hacen los nuestros.

Podría, por ejemplo, hablarles de Guasina, un campo de concentración utilizado en la primera mitad del siglo XX para enviar a presos políticos. Inmortalizada por el escritor José Vicente Abreu en Se llamaba SN, esta isla en el Delta del Orinoco es uno de los lugares más inhóspitos de la tierra. La temperatura oscila entre 38 y 40 grados a la sombra, el agua sube constantemente y todo el lugar es un inmenso pantano. Cundido de larvas, también hay culebras de agua, caimanes y hasta pirañas. Era acá adonde se enviaba a quienes se oponían al General Pérez Jiménez a quien, dicho sea de paso, Chávez admiraba. Los artistas de la guerra se entienden entre ellos.

También podría hablarles del famoso “rin” de la Seguridad Nacional, descrito in extenso en la novela La muerte de Onorio de Miguel Otero Silva. Se afilaba la llanta de un caucho y se obligaba a la persona a pararse encima hasta que confesara. Los pies se le iban rebanando y, cuando se le hacía insoportable y la víctima se bajaba, se le castigaba con golpes y se le volvía a subir. El esbirro de Pérez Jiménez, Pedro Estrada, era otro gran artista de la guerra. Especie de Da Vinci de la tortura, inventó también otro sistema, utilizando hielo seco. Se acostaba al preso, desnudo, para que se le quemara la piel. Cuando se bajaba, las consecuencias eran iguales: porrazos y patadas hasta que se le volvía a subir.

Por supuesto que al caer la dictadura este nefasto personajillo, Pedro Estrada –un torturador de un sadismo inconmensurable–, se exiló en el primer mundo. ¿Saben a dónde fue a parar? Decidió terminar sus días en una de las capitales más bellas del planeta: París. No, no París, Texas; París, FRANCIA. No solo recibió asilo político, sino que se convirtió en asesor de la Sûreté Nationale, la policía de la época. El arte venezolano de la guerra tiene valor de exportación.

Mientras tanto, en Venezuela pensábamos haber superado la represión con la llegada de la democracia. En mi familia –yo aún no había nacido–, la salida del dictador se celebró con entusiasmo. Era el año 1957 y mi madre, aún muy pequeña, me contó cómo veía con algo de celo a sus hermanos luchando contra Pérez Jiménez. En el plebiscito que organizó ese año, los estudiantes daban el ejemplo a una población aterrada y abusada por las fuerzas del orden. Nadie quería votar “no”, es decir, en contra del dictador, por temor a ser reprimido. Así, los jóvenes de la época introducían el “no” en la urna y, al salir del centro de votación, lanzaban el “sí” al suelo para que todos lo vieran.

Después de la dictadura, la paz del consenso político escondió la violencia estadal. El arte venezolano de la guerra se difuminó en las instituciones. Venezuela con su barniz democrático parecía ser una excepción en Latinoamérica, ya que en los años 70 llegaron los militares al Cono Sur. Fue entonces cuando mi madre hubo de tomar el relevo combativo de sus hermanos. Mi padre, de origen uruguayo, decidió visitar a la abuela y terminó preso. Mi padre no era comunista o Tupamaro; pero se lo llevaron porque había grabado videos que criticaban la junta militar. Desapareció entre los ñoquis que había cocinado la abuela y el postre. Tumbaron la puerta y se lo llevaron.

Lo encerraron en un estadio y lo torturaron. Gracias a las gestiones diplomáticas del grupo teatral donde trabajaba, el gobierno venezolano hizo presión y lo liberaron. Traumatizado, dejó el Uruguay para siempre.

Se equivocan si creen que con los años ochenta llegó la paz a Venezuela. Mis padres trabajaban en la Universidad Central de Venezuela, gran piedra en el zapato de todos los gobernantes. Era un teatro perfecto para mantener vivo el arte venezolano de la guerra. Sucede que la UCV es una de las pocas universidades del mundo que posee autonomía. Esto quiere decir que la policía y los militares no pueden pisar sus espacios. Así, se creó un equilibrio precario del gato y el ratón, en el cual la policía “allanaba” constantemente la UCV y los estudiantes trataban de esconderse.

Recuerdo esperar a mi madre para la cena y ver la cara preocupada de mi padre porque ella no llegaba. “Hay una marcha hoy, Vicente –explicaba–, y bueno, obviamente esa vaina se puso fea”. Les recuerdo que en esa época no había teléfonos celulares, por lo cual algunos de sus compañeros salieron a la marcha y no volvieron. Fue la primera vez que escuché que la policía les disparaba con tornillos y metras. Fue la primera vez que escuché que a alguien lo había matado la policía: un empleado de la Escuela de mi madre fue “a ver el enfrentamiento con las fuerzas del orden” y recibió un balazo en plena frente. Fue un rudo despertar: el arte venezolano de la guerra me petrificó con sus ojos ígneos y vertió azufre sobre mis ideales de un país pacífico.

De esta manera, la violencia que latía bajo la piel de la democracia volvió a aflorar poco a poco. Escondido unos años, el arte venezolano de la guerra volvió a asomar su diabólica cabeza. Reciclamos los demonios del pasado, adaptamos la represión a la modernidad. No se cambian modelos que funcionan, que aterrorizan a la población. La figura de los “Chácharos”, por ejemplo. Eran los antihéroes de la época del dictador Gómez, una policía montada que repartía planazos desde sus caballos. Disolvían manifestaciones salvajemente, reventando tibias y marcando espaldas, erguidos encima de sus cabalgaduras. Este método represivo no desapareció después de Gómez. Simplemente cayó en hibernación, ya que se preferían métodos más expeditos: las balas de la Seguridad Nacional. Así, cuando recuperamos la democracia, los gobiernos volvieron a apelar a estos cuerpos paramilitares, especialmente en las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, en los ochenta, los caballos estaban de más. Grupos armados con cabillas de construcción se aparecían en las manifestaciones repartiendo golpes. Fue así como el arte venezolano de la guerra pasó de los “chácharos” a los cabilleros, y de estos a los paramilitares motorizados de Chávez, llamados “colectivos”.

Sucede que el arte venezolano de la guerra seguía fluyendo por nuestras venas, como petróleo bajo la tierra. Pedro Estrada dio paso a Henry López Cisco, mejor conocido como “el carnicero de la democracia”. Autor de las masacres de Cantaura, Yumare y El Amparo, este jefe de la policía secreta –en ese entonces llamada DISIP–, es responsable de al menos 46 ajusticiamientos. También estuvo presente en la represión del Caracazo, en 1989 y existen testimonios según los cuales López Cisco mataba gente por diversión. Se dice que le gustaba incursionar de vez en cuando en los asentamientos marginales para asesinar supuestos criminales al azar. Sin acusación, sin juicio, sin abogados: Henry López Cisco encarnó el arte venezolano de la guerra durante los años de elecciones democráticas. Apretar el gatillo con frialdad y regocijarse al ver los cuerpos caer sin vida: tal era la norma que todos conocimos como “dispara primero, averigua después”.

Durante la década de los noventa llegó mi turno de hacer relevo. Empecé mis estudios en la Universidad Central de Venezuela, con el arte venezolano de la guerra dispuesto a pulverizar a todos los ucevistas. El país se resquebrajaba: no una, sino dos corridas bancarias habían dejado las reservas de la nación exangües. Una inflación galopante hizo añicos el poder de ahorro del venezolano. No había presupuesto para las universidades, y las condiciones empezaron a deteriorarse con rapidez. Los estudiantes organizamos marchas que fueron ignoradas por una sociedad que se derrumbaba a un ritmo fulminante. Ávidos de atención, los ucevistas nos desnudamos y nos pintamos de azul y recorrimos las calles. Enfrentados a la represión inscrita en el arte venezolano de la guerra, una manifestación se dirigió a las laderas del infecto río Guaire, el depósito de todas las aguas negras de Caracas. Los líderes estudiantiles amenazaron al gobierno con zambullirse de cabeza en la vorágine de heces flotando. La apuesta funcionó: fue así como lograron renegociar el presupuesto. Veinte años más tarde, en el 2017, el arte venezolano de la guerra no sería tan indulgente. El cinismo se había apoderado de las fuerzas del orden, quienes empujaron a los manifestantes a lanzarse a esas mismas aguas del Guaire. Una manifestación pacífica fue gaseada con un sadismo inaudito. Los marchistas, asfixiados en una nube de lacrimógenas, no tuvieron otra opción que atravesar el río contaminado.

Este ejemplo es ilustrativo de la degradación de la sociedad venezolana. Lo que otrora fuese una amenaza que logró hacer plegar al gobierno, “o renegociamos el presupuesto, o los estudiantes nos arrojamos al Guaire”, fue recibido con burlas y descalificaciones en el 2017. Un miembro nefasto de la nomenklatura chavista, Jacqueline Farías, tuiteó con sorna, “¡se (bañaron) sabroso!” ante la imagen de sus conciudadanos huyendo por el río. Pedro Estrada estaría orgulloso de ella. El arte venezolano de la guerra hinchó su pecho y lanzó una carcajada macabra.

Así, llegamos al 2017, con mi familia, al igual que millones de venezolanos, haciéndole frente a un cerco policial. El arte venezolano de la guerra ha madurado: ya no es el niño al que le gustaba jugar al sadismo. Se ha alzado hasta al Panteón de la ignominia, donde entró gracias a sus despliegues de violencia e irrespeto a la ley internacional. Ciudadanos civiles son enjuiciados por tribunales militares. Se encierra a nuestros jóvenes en bóvedas de banco devenidas prisión, treinta metros bajo tierra. Sufren torturas blancas: las ONG que vigilan los Derechos Humanos alrededor del mundo han escrito denuncias y manifestado su preocupación. Pero el arte venezolano de la guerra permanece imperturbable. Abre su hocico, muestra sus afilados dientes: engulle a la jueza Afiuni entera. Vomita “gas del bueno”. Electrocuta decenas de ciudadanos misteriosamente en la cerca de una barriada. Balacea marchas. Se ríe mientras el petróleo sale a borbotones por su boca, sus ojos. Afinca la bota, estrujando el cuello de un inocente. Rompe violines. Se mofa de un manifestante desnudo con una Biblia en la mano. Apila cadáveres. Y Venezuela continúa su carrera desenfrenada hacia la destrucción.

¿Cómo se puede contrarrestar al arte venezolano de la guerra? ¿Cómo forzar la apertura del puño para retirar la cachiporra, la pistola, la bomba lacrimógena? ¿Cómo desinflar este sadismo alimentado por nosotros mismos como el It de Stephen King?

Venezuela no es el primer país partido en dos, dividido en dos frentes irreconciliables. No somos los únicos en deshumanizar al adversario para justificar su destrucción. Pero la reconstrucción nacional pasa por una evaluación del horror que hemos creado. No, los Guardias Nacionales no son cubanos desalmados. Los colectivos somos nosotros: así como lo fueron los cabilleros, la Seguridad Nacional, los chácharos. Esta es la Venezuela que tenemos. Hemos normalizado la violencia. Sin embargo, somos muchos los que repudiamos las atrocidades.

Mi familia siempre luchó, lucha y luchará. No somos los únicos. El espíritu de libertad sigue vivo. Bajo las espesas capas de brutalidad, bajo el abuso y la tortura, algunos seguimos siendo humanos. No podemos darnos por vencidos. Claudicar es entregarle el país a la barbarie. Seguiremos marchando, opinando, escribiendo, haciendo arte e investigaciones científicas. Porque nosotros nos negamos a que nos reduzcan a una horda de animales de instintos primitivos. No nos doblegarán. Así, cuando en el futuro el mundo voltee y analice este período, podrán ver que en Venezuela hubo y hay dignidad. Que hicimos lo posible por enderezar la historia. Sin balas, sin palos, sin amenazas. El tiempo dirá hasta qué punto fuimos exitosos.

(Conferencia leída en el evento “Derechos Humanos y crímenes de lesa humanidad en Venezuela”, en París, el 25 de julio de 2017, publicada en: http://www.el-nacional.com/noticias/entretenimiento/arte-venezolano-guerra_196645).

 

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