Memorias de la frontera: La historia de Mayi

Memorias de la frontera: La historia de Mayi

En esta época del año recuerdo a mi mejor amigo, Mayi, caído en la lucha por preservar nuestra democracia y nuestra libertad. Habíamos sido afectados a un cuartel en la frontera durante nuestro servicio militar obligatorio. Entablamos amistad entre cigarrillos, aguardiente cocuy y prostitutas aindiadas. Su espíritu emprendedor y su verbo dicharachero lo hicieron muy popular entre los demás soldados; su pérdida nos impactó a todos.

Fue durante un ataque de las FARC a nuestro puesto que él perdió la vida. O del ELN. O tal vez fue alguien detonando cohetones para celebrar la victoria del Magallanes; lo cierto es que el Comandante sonó la alarma.

Así, procedimos a ejecutar la maniobra de repliegue, que consistía en correr desordenadamente en todas direcciones imitando sonidos de animales. Era una estrategia que buscaba desorientar al enemigo y llenarlo de terror ante una posible estampida. Para llevarla a cabo con éxito, los soldados habíamos sido divididos en grupos según nuestra capacidad de imitar los cantos, gritos y cacareos de la fauna venezolana. En mi caso, mi condición de citadino empedernido me había alejado de la naturaleza: carecía de todo talento para ulular, rugir o incluso graznar. Lo más cerca que llegaba al reino animal era que podía hablar con la voz del Pato Donald. Por eso terminé en una borgiana categoría-para-los-que-no-entran-en-ninguna-categoría, junto a un sifrino de Santa Fé que cantaba canciones del Topo Gigio y un maracucho que se desgañitaba gritando “Cristo fue” y pretendía pasar por un ave.

Entonces, cuando el Comandante activó la táctica de repliegue, el cuartel se llenó de aullidos, trompetazos de elefante, alaridos y baladrones. Mi grupo arrancó hacia el suroeste, con el sifrino cantando “Quiero ser como papá”, el maracucho gritando “Cristo fue” y yo, agregando cuács a mi voz ronca y patosa, de Donald.

Pues el pobre Mayi, en vez de estar agitando los brazos y clamando como guacamaya en el patio en dirección noroeste, se encontraba en el baño, en una postura nada decorosa. Sin embargo, activó la maniobra de repliegue con la disciplina esperada de un soldado venezolano: salió disparado de la letrina gritando ¡brááákkks!, mientras buscaba a sus compañeros de grupo.

Fue entonces cuando la suerte, esa ramera, se le volteó a mi amigo. Mayi había olvidado subirse los pantalones, por lo cual se le enredaron los pies y cayó estrepitosamente al suelo. Un rastrillo olvidado yacía justo en el lugar. Mayi se derrumbó, cabeza adelante, sobre el instrumento y se lo clavó en el ojo derecho.

Por supuesto que el entrenamiento militar que recibimos nos permitía sobreponernos a contratiempos menores, como la pérdida de un ojo. Mayi se puso de pie, se subió los pantalones y se arrancó el glóbulo ocular, que pendía de un hueco en su rostro gracias al nervio. Pero la verdad es que, cuando te toca, te toca, ya que Mayi, listo para reintegrarse a la maniobra, había perdido toda visión de su flanco derecho.

Esto explica por qué no reaccionó cuando escuchó al caimán. En aras del preciosismo, vale la pena decir que en el cuartel había un grupo “cocodrilo”, no “caimán”, pero en el medio de la operación, ¿quién podía distinguir sus sonidos respectivos?

Mayi no reaccionó, ni siquiera volteó. El caimán de verdad, que lo cercenó a la mitad como en la película Tiburón I, lo tomó completamente por sorpresa.

Cuando pasó la alerta, el Comandante deploró la pérdida de mi amigo y ordenó que recogieran sus entrañas, desparramadas en un charco rojizo cerca de las barracas.

Sus restos fueron enviados a Caracas, donde el Presidente Ramón J. Velázquez condecoró lo que quedaba del torso del soldado con una medalla de guerra. Fue enterrado con honores como adalid en la lucha por la libertad, en La Avenida Los Próceres. El Presidente mandó inscribir una placa cerca de la fuente con su frase favorita, “A la mía que le pongan huevo”, running joke que Mayi repetía con entusiasmo en los contextos más disímiles (habrán adivinado que de allí venía su sobrenombre).

Ahora, con el paso del tiempo, la placa se ha gastado, dejando sólo la mención “huevo” cerca de la Plaza. Los pietones confunden la inscripción con una injuria típicamente venezolana (aunque bien escrita), y se ríen. Pero pocos conocen la verdadera historia de Mayi, patriota, héroe y ejemplo para nuestros jóvenes.

Que en paz descanse.

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