“Perdidos en el laberinto de espejos del Fuerte Tiuna” (Yo maté a Simón Bolívar)

“Perdidos en el laberinto de espejos del Fuerte Tiuna” (Yo maté a Simón Bolívar)

YMSB2(Extracto del libro, “Yo maté a Simón Bolívar“, de su tomo Ying).

El Comando General de las Fuerzas Armadas, ubicado en el quinto piso del Fuerte Tiuna, era la única esperanza que le quedaba al General Wenceslao García para poner algo de orden en la extrañamente caótica institución militar venezolana. Avanzó por los brillantes pasillos hacia la oficina principal donde hasta hace poco habían llovido recriminaciones y acusaciones entre las diferentes facciones de la alta jerarquía militar.

García estaba convencido de la existencia de un plan desestabilizador del cual podía identificar algunas cabezas visibles: El General Braulio Tovar Hernández y el Vicealmirante Fernando Rodríguez Costa. Sin embargo, mientras se acercaba al ojo de la tormenta donde se gestaba la peor crisis militar en la historia reciente de Venezuela, reflexionó sobre la extensión del posible plan golpista: Ni Tovar Hernández ni Rodríguez Costa comandaban tropas, al igual que los uniformados que desfilaban por la televisión privada, lo cual hacía al pronunciamiento parecer nada más que un elaborado bluf.

La situación no podía ser más complicada: Con el país incomunicado y la guarnición de Maracay en las manos de un conocido demócrata y constitucionalista, la división nacional se reflejaba en la institución castrense. La población, la policía y las Fuerzas Armadas eran presos de la más grande desinformación gracias al monopolio de los eventos que realizaban los medios, por lo cual una fractura en el alto mando militar podía fácilmente desembocar en una guerra civil.

García respiró hondo, preguntándose cómo el presidente había caído en la trampa del supuesto bombardeo, un ultimátum lanzado guapetonamente por los militares sin tropa y sin ningún mando sobre la Fuerza Aérea. ¿Estaría el líder del país acabado? ¿Aceptaría renunciar?

Si algo era cierto, era que el conocido golpista que en 1992 apareció frente a las cámaras para lanzar el ya histórico “por ahora” que lo propulsaría a la presidencia seis años más tarde, no era ningún arribista oportuno. A pesar de la imagen que propalaban los medios con maldad viperina, según la cual el presidente no pasaba de ser un guarro de mal gusto que contaba con una increíble e inexplicable suerte, era innegable que el antiguo Teniente Coronel poseía ciertos dones de estratega.

También era obvio que el presidente distaba mucho de ser el arquetipo del político sagaz. La imagen europea, del jefe de Estado gran maestro de ajedrez, capaz de escribir densos tomos de memorias sobre los vericuetos de las relaciones internacionales y adornarse con anécdotas de copas pasadas al lado de los baluartes culturales de mayor alcurnia del primer mundo, no correspondía al verborreico y gritón presidente venezolano.

Wenceslao García se preguntó si los militares alzados encarnados en el General Braulio Tovar Hernández y el Vicealmirante Fernando Rodríguez Costa, habían tenido cuenta de la sutil capacidad del presidente nativo de Sabaneta para escabullirse de las situaciones más inverosímiles. Si bien era cierto que el país carecía de epopeyas militares y políticas equiparables a las visionarias apuestas del joven Fidel Castro, quien le sacó ventaja y provecho a las torpes y binarias lecturas norteamericanas de su continente, el presidente venezolano había mostrado un increíble olfato e instinto de supervivencia para reponerse de las adversidades más infranqueables. Mientras la oposición lo siguiera considerando un inculto rebosante de casualidades fortuitas, un papagayo capaz de evitar las más afiladas montañas gracias a la conveniente e inexplicable brisa de último momento soplada por los aires de la suerte, el presidente los seguiría engañando con su acto de prestidigitación que volteaba la mesa de los taimados planes de los sectores reaccionarios cuando ya cantaban victoria.

El General Wenceslao García abrió la puerta de la oficina principal para introducirse en una acalorada discusión donde diferentes oficiales del alto mando proponían y rechazaban alternativas a la crisis. Se dirigió primero hacia el apartado General Roberto quien, junto con García, había sido uno de los primeros en presentar su renuncia al presidente luego de oponerse a la aplicación del Plan Ávila.

-¿Ya lo trajeron? –preguntó escuetamente García.

-Está en el cuarto de al lado. Acaba de llegar. Le dieron un café, pero yo lo veo tranquilo, aunque está fumando más que una puta presa.

-Qué comparación tan infeliz –exclamó disgustado García-. ¿Va para Cuba?

-Hmm. Eso lo tenemos que ver. Tovar Hernández y Rodríguez Costa quieren dejarlo preso acá –Roberto señaló el otro lado de la habitación, donde los militares disidentes se encontraban conversando con la espalda hacia García. El General se retiró el quepis y se pasó un pañuelo por su sudorosa frente antes de dirigirse hacia los que hasta hace poco fueran sus camaradas.

-General, Vicealmirante –saludó respetuosamente para llamar su atención. Los militares se voltearon, interrumpiendo los susurros de volumen conspirativo, para encarar al General.

Wenceslao García observó, extrañado, la calva brillante, pulida con cremas europeas, del pequeño individuo impecablemente vestido de traje que sonreía calmadamente detrás de los militares. El General arrugó la frente y se salió de sus cabales para preguntar por qué estaba ese sujeto en la reunión del alto mando militar.

-Qué coño hace él aquí.

El pingüino venezolano, cuyo poder, riqueza e influencias se extendían a lo largo del globo entero, se abrió paso calmadamente entre Tovar Hernández y Rodríguez Costa para mostrar una sonrisa complaciente y extender la mano hacia Wenceslao García.

-General, por favor, no se altere. Yo vengo en calidad de representante de la sociedad civil. Estamos coordinando las mejores acciones a tomar para salir de este embrollo. Le garantizo que, sea cual sea su decisión, la cámara de patronos y empresarios, el sindicato de obreros y los medios de comunicación lo respaldamos cabalmente –aclaró el sujeto con el brillo de la yunta dorada que resplandecía en la muñeca extendida de su camisa como ofrecimiento de paz.

Wenceslao retrocedió, confundido. Tovar Hernández y Rodríguez Costa intercambiaron miradas sospechosas antes de volverse hacia el General.

-¿Le pasa algo, García?

-Qué… Qué hace él aquí –balbuceó nuevamente Wenceslao, frotándose los ojos con la mano derecha y señalando al empresario con la izquierda.

-El General tiene razón, señores –intercedió el intruso-. Estos asuntos no competen a la sociedad civil. Sepan que, en su calidad de militares democráticos, cuentan con el apoyo irrestricto de todos los sectores. ¡Viva Venezuela! ¡Viva la democracia! –lanzó, elevando sus manos al cielo, antes de retroceder para abrir la puerta y ausentarse.

Wenceslao García se sintió pesado, como si sus piernas rechazaran el estatuto de General más importante entre todos los presentes. Se sentó, intentando ordenar sus ideas y retomar su aliento. Los demás militares lo escrutaron con la mirada, algo desorientados ante el cuadro desacertado de la cabeza más pesada del ejército perdida en una mirada acuosa.

-Bueno, señores, es hora de pasar a las cosas serias –dijo Tovar Hernández, dando un paso al frente como en las viejas formaciones de cadetes-. El presidente tiene que renunciar y dar paso a la sociedad civil que reconstruirá el país.

-Que renuncie y se asile en Cuba –lanzó uno de los presentes-. Será lo mejor. Vamos a plantearle la situación y arreglamos todo.

-¿Cuba? –interpuso Rodríguez Costa-. Imposible. El presidente va preso, tiene que responsabilizarse por lo que ha pasado hoy.

-¡No podemos meter en una cárcel al presidente de la República! –espetó el General Roberto-. ¿Ustedes se han vuelto todos locos? El primero que lleve al presidente preso, será acusado de rebelión y golpe de Estado al poder constituido.

Tovar Hernández se paseó por la habitación y el silencio sepulcral de un alto mando atrapado por sus propios designios.

-El presidente no puede ir a Cuba. Si lo dejamos reunirse con Fidel, será una pieza de desestabilización que creará el caos en el país desde el exterior. Esa no es una opción.

-Claro, pero si lo metemos en un calabozo en tierra venezolana, no pasarán ni dos días antes de que los grupos que lo apoyan y la gente del pueblo se lance en un rescate suicida.

-A menos –pensó en voz alta Tovar Hernández-, que obtengamos una renuncia firmada. Si el presidente renuncia, no podremos ser tenidos responsables por su dimisión, ¿no? Luego será cuestión de restablecer el orden.

Wenceslao García retomó sus fuerzas, poniéndose de pie para dirigirse a todos los militares.

-¿Orden? ¿Qué orden? El presidente está en la habitación de al lado, depuesto del poder. Yo no sé qué piensan ustedes, pero la única salida es retomar el hilo constitucional. Tenemos que juramentar al presidente de la asamblea. Eso es lo que dice la constitución.

-García, ¿usted vio lo que sucedió hoy en Puente Llaguno? Hay gente muerta, tiroteada por el descalabro político que vive este país. No podemos poner a un títere del presidente. Cualquier persona ligada al gobierno no hará sino obrar para que él vuelva de Cuba o de la mazmorra donde va a terminar. Tal vez sea mejor… -Rodríguez Costa dejó su frase abierta, sin terminar, con un brillo en sus ojos.

-¿Qué? ¡No, no! Compañeros, esto ha sido suficiente. Yo voy a hablar con el presidente. Pero que quede claro: el primero que toque un pelo de ese señor va a ser responsable de una insurrección popular que va a hacer que el bogotazo parezca una gresca de taberna, al lado de lo que se desencadenará en el país.

Wenceslao García se retiró de la oficina descompuesto. Sentía las manos de sus camaradas temblando de excitación ante la posibilidad de defenestrar al mandatario. Sacudió su cabeza ante la idea de lanzar a todo el país a una guerra civil incontrolable.

El General intentó mostrarse calmado y en control de la situación cuando abrió la puerta que retenía al presidente. Lo vio sentado tranquilamente, con un cigarrillo en la mano derecha y una extraña mueca perspicaz de quien ha entendido el juego de cartas que posee el contrario.

Tomó asiento frente a quien hasta hace pocas horas fuese su Comandante en Jefe. Se percató de que Tovar Hernández y Rodríguez Costa se habían colado en la habitación y permanecían de pie contra la pared del fondo. Titubeó, sopesando la posibilidad de voltearse para echarlos del recinto, pero prefirió, al igual que durante todo el once de abril, dejar que los eventos se desenvolvieran por sí mismos, para mantener así una apariencia de coherencia militar frente al presidente. Este sonrió cínicamente y aplastó el cigarrillo contra el cenicero, exhalando una gran nube de humo que se propagó por toda la habitación.

-Entonces, Wenceslao. Qué me cuentas.

-Presidente –Wenceslao hizo caso omiso de su tono amigable-, he venido a pedirle que renuncie. Hemos estudiado todas las opciones y creemos que esto ha ido lo suficientemente lejos. Por el bien del país, por el bien de las Fuerzas Armadas, para detener el derramamiento de sangre: le ruego considere dejar el cargo que hasta hoy ha ocupado.

El presidente estudió el rostro preocupado, de mirada huidiza, del General. Echó la vista hacia la pared donde vio, petrificados como en una formación militar, a Tovar Hernández y Rodríguez Costa, camuflados en la sombra de la habitación.

-Claro, Wenceslao. Claro. Ya esto lo habíamos hablado. ¿No te contaron Fernando y Braulio? Ellos me prometieron garantizar mi integridad física y ponerme en un avión a Cuba. ¿Ya tienes el avión? ¿Cuándo viajo?

El General García sintió su ritmo cardíaco acelerarse mientras veía al presidente inclinarse en su silla y beber un sorbo de café. Sopesó sus opciones: ¿sería una jugada de parte del mandatario? ¿Estaría el presidente tomándole la temperatura al dividido cuerpo militar?

El presidente no podía saber con certeza la situación en la oficina donde los Comandantes y Generales daban tropezones desorganizados buscando la mejor salida. Es por eso que era fundamental mantener el viso de coherencia. ¿Por qué afirmaba el presidente entonces que las condiciones ya habían sido establecidas? Si García se tornaba para interrogar a los militares rebeldes, no sólo dejaría al descubierto la formación improvisada del alto mando, sino que sería abdicar su cadena de mando a favor de dos militares sediciosos que ni siquiera comandaban tropa alguna.

El General intentó mostrar algo de la firmeza atribuida a su cargo, al mirar al presidente y decirle:

-Eso no va a ser posible, presidente. No se puede ir para Cuba.

-¿Ah, no? Mira qué vaina… ¿Y entonces, García? ¿En qué quedamos? ¿Me van a meter preso?

-Usted ya está preso, señor presidente. Lo que le pido es simplemente que firme su renuncia.

El presidente no pareció reaccionar ante la afirmación de Wenceslao. Estiró los brazos y lanzó un bostezo cansado, casi aburrido. Luego de conocerlo de cerca, el General rogó que no se lanzara en uno de sus soliloquios típicos, llenos de capítulos pintorescos sobre la infancia descalza en Barinas y las andanzas heroicas del joven Teniente Coronel en la frontera venezolana.

El presidente bajó los brazos, retomó su compostura y meneó la taza de café, hundiendo su mirada en lo que quedaba de oscuro líquido.

-Así son las cosas, chico. Al final, si no te tomas el café cuando está caliente, lo que te queda es conformarte con esta asquerosidad. Pero sabes qué, Wenceslao, hay algo que estás olvidando, hermano. Yo no vine aquí preso –afirmó el presidente, tornándose súbitamente serio e incriminando al General con su mirada-, yo vine aquí para hablar con los Generales. Con todos ustedes. A mí me prometieron un avión para Cuba, ¿y sabes qué? O me das mi avión o no renuncio, chico. Y ahí sí que van a tener que ver qué hacen. Métanme preso, que amanecerá y veremos –concluyó el mandatario, estampando su taza sobre la mesa.

El General García hizo lo posible por disimular el enrojecimiento de su rostro. Pensó en levantarse y empezar a repartir bofetadas: Al presidente, por su eterna soberbia; a Tovar Hernández y Rodríguez Costa, por ser tan torpes y haber subestimado al antiguo golpista. Se puso de pie y se excusó balbuceando que había recibido nuevas informaciones que tenían que ser consideradas de inmediato. Invitó a los militares a acompañarlo y, al salir de la habitación y cerrar la puerta, sintió la soga histórica apretarse en su cuello, mientras pensaba en Mary Bastidas y el rol que le sería asignado en la posteridad venezolana. No era tiempo para auto-evaluaciones, ya que, mientras más avanzaba el tiempo con el ineluctable drenar del reloj de arena, más se enterraba el General en el pantano de la complicada conspiración militar de esa tibia madrugada de abril.

Yo maté a Simón Bolívar, una novela en dos tomos editada por Ediciones Masa, está disponible en Amazon.

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