En busca del dorado (“Yo maté a Simón Bolívar”)

En busca del dorado (“Yo maté a Simón Bolívar”)

YMSB2(Extracto de la novela “Yo maté a Simón Bolívar” [Yang] publicada por MaSa Editorial)

En busca del dorado (interludio)

El cacique sacerdote de los muiscas sintió el líquido pegajoso recorrerle la piel, lamiendo sus poros y convirtiéndolo en parte de la ofrenda. A su alrededor, apostados en la orilla de la laguna, los indígenas brillaban con el reflejo del sol en sus adornos de oro que parecían dar vida a los colores de sus plumas. Saboreó el momento, calculando cada paso que lo llevaría a la balsa de juncos.

El séquito se acercó, llevando consigo el precioso remanente del Dios Xué. La laguna de Guatavita se mostró impaciente, levantando olas como labios que esperaban saborear el más fino néctar. El cacique tomó el polvo y levantó la ofrenda. El heredero estaba listo. Cerró los ojos y respiró las órdenes de la laguna mientras repartían el oro en finas capas a lo largo de toda su piel.

La efigie humana fue conducida a la balsa entre la admiración de los demás muiscas y la mirada sabia de sus antepasados. Los espíritus tendieron la alfombra al elegido y lo transportaron hasta el centro de la embarcación. Sus pies fueron cubiertos de oro y esmeraldas dignas del nuevo rey.

Los cuatro caciques desnudos subieron a la balsa y sintieron el viento arañar sus brazaletes, coronas y orejeras de oro, y llenar sus bocas con un sabor dulce. La balsa partió con el cacique sacerdote guiando el paso hacia su destino con su rectitud dorada y orgullosa.

La laguna rumió y se desperezó con las primeras piezas de oro golpeando su garganta. El sacerdote empezó la ofrenda y dialogó con los espíritus, dejando caer el oro con humildad y respeto. Los cuatro caciques lo ayudaron a vaciar el botín en el estómago de la bestia ante los rayos rozagantes del dios Xué que parpadeaba nubes y se regocijaba en un arco iris de placer.

El batir de las banderas anunció a los muiscas a orillas del lago que era el momento de saludar su nuevo señor y príncipe. Estallaron los bailes y las danzas multicolores que entremezclaban la plumería. Xué tomó una bocanada de calor y roció a los muiscas con la salud de sus rayos, bendiciendo la cosecha y prometiendo agua en abundancia.

El conquistador Nicolás Federmann escuchó el relato perplejo. Su conocimiento precario del chibchano no le permitía ir más allá de las imágenes desparramadas de espíritus y dioses bailando en una orgía de vivos y muertos. Repitió la pregunta. Dónde vivía este indio dorado. El rey dorado. No sería Gonzalo Jiménez de Quesada quien lo encontraría antes que él.

-De pie, holgazanes –ordenó el alemán, repartiendo patadas con su pesada bota.

La expedición reunió los insumos necesarios y se presentó, de forma dispareja, frente a su jefe. Federmann suspiró ante la fila de indígenas y soldados mugrientos que intentaban sacar el pecho en posición de firme bajo el caliente sol del nuevo continente. Se sintió decepcionado. Era un triste final para el ex Gobernador de la nueva colonia. Sin embargo, la familia Welser le había encomendado encontrar el paraíso dorado y él sabía que lo podía lograr.

Los mosquitos mordieron sus pieles con fiereza mientras el machete abría paso entre la maleza. Los muiscas eran escabullidizos, taciturnos y de poco fiar, como todo indígena de este inhóspito territorio. Era difícil acampar sin correr algún riesgo, y dejar la protección de los expedicionarios en manos de un indígena o de un soldado novato podía significar que sus cuerpos en reposo serían devorados por la jungla durante la noche.

El indígena-guía parecía vacilar, dando indicaciones complicadas o disertando en torno a cosas que Nicolás Federmann no entendía. Señalaba el cielo, introducía un dedo en la tierra, intentaba estudiarlo, arrancaba en una dirección, se detenía y volvía sobre sus pasos vacilando. Los conquistadores no sabían qué pensar. Temían que si forzaban la paciencia del indígena éste los condujera hacia una trampa, hacia un nido de animales salvajes donde perecerían todos, muiscas incluidos. Esta extraña raza no parecía reflexionar individualmente, todas sus frases formaban parte de un discurso colectivo incomprensible sobre el tiempo, o la falta de tiempo, o la negación del tiempo, o algo relativo al espacio o el universo. Eran primitivos, salvajes, incivilizados que creían que el relámpago significaba algo peligroso, más allá de la posibilidad de una buena llovizna. Federmann se rascó la barba y empezó a abrirse paso en la dirección indicada por el guía.

Pasaron los días, las semanas; la expedición llegaba a los meses de insolación, desnutrición y pasos vagabundos en un mar verde de plantas afiladas y agresivas. Los indígenas no parecían preocupados, resignados a un destino sobre el cual no tenían ninguna responsabilidad. Era esta apatía la que reducía su raza a simple carne de conquista. Era su falta de razonamiento científico y su fe ciega en voces etéreas que los guiarían y los conducirían por los caminos más seguros, lo que les impedía desarrollar técnicas eficaces de guerra. La historia le daría la razón a Federmann, ya que mientras sus casuchas de bahareque se quemaban bajo las llamas de la conquista, las ciudades europeas florecían y se desarrollaban con avances de ingeniería, urbanística y cultura.

Nicolás Federmann se sintió perdido, como si la selva lo hubiese engullido y su expedición no fuese sino una columna de excremento bajando por el intestino del nuevo mundo. Embistió al indígena que estaba acuclillado y parecía hablar con una piedra. El maldito dorado, le dijo, estoy perdiendo la paciencia. Los otros indígenas recogieron a su camarada y miraron con desprecio al conquistador. Pero el guía levantó una mano y explicó que debían ser pacientes, que estaban muy cerca. Señaló unas rocas que se erguían como un desfiladero a un día de camino y explicó que los espíritus señalaban ese lugar como lo que estaban buscando.

La expedición avanzó, impaciente, hacia el precioso botín. Era aquí que Federmann haría fortuna e inscribiría su nombre en la historia. El Dorado. El olor a oro lo propulsó en una carrera hacia las montañas.

Recorrieron el desfiladero durante días, escarbando las paredes e investigando todas las grutas y aberturas. Sin embargo, el musgo se deshacía en sus manos y sus cuchillos chocaron con una dura y fría piedra oscura.

-Hijo de puta –exclamó el conquistador, tumbando al guía de una patada-, nos has perdido a todos. ¿Dónde está el oro? ¿Dónde está el rey dorado?

Nicolás Federmann jaló al guía por sus cabellos para que entendiera y señaló las paredes desnudas. Dónde está, preguntó. El indígena permanecía calmado, protegiendo su cabeza con sus manos y mirando al suelo. Fue la primera vez que habló claro.

-Los espíritus dicen que no buscan en el lugar adecuado. Aquí está la riqueza más grande jamás vista en la tierra.

El conquistador lo soltó con repudio y echó otra mirada a las montañas.

-¿Riqueza? ¡Estamos perdidos en la mitad de la jungla, imbécil! ¡Aquí no hay nada! –dijo, lanzando una piedra contra las inmensas paredes naturales que los encerraban.

-No están buscando en el sitio correcto –repitió el guía. Federmann se volteó y lo miró a los ojos. El indígena señaló un pozo más adelante.

-Ahí está lo que quieren, lo que los convertirá en lobos obesos, elefantes pesados incapaces de moverse, que se pierden en el abuso de la tierra. Los dioses saben lo que dicen. Esa riqueza está maldita. Es la puerta a todo lo que el hombre siempre ha querido, pero también es la puerta a la perdición.

Nicolás Federmann se acercó lentamente al pequeño pozo, seguido por los soldados más valientes. El suelo pareció moverse, eructar. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era el suelo lo que se movía. Una espesa capa, negra como la muerte, brotaba de las entrañas de la tierra y envolvía sus botas. El conquistador se agachó y hundió su espada en el caldo. La hoja salió cubierta de una pasta oscura que parecía devorarla mientras bajaba hacia la mano de Nicolás Federmann. Este lanzó la espada, asqueado, y la vio consumirse entre las burbujas de líquido para perderse en el pozo por siempre.

-Vámonos de aquí –sentenció-, este sitio está maldito. Dios proteja a quienes intenten sumergirse en esta abominación.

El grupo se limpió las botas lo mejor que pudo antes de emprender la marcha de vuelta a la confederación Chibcha. Un soldado volteó cuando llegó a la entrada de la selva y echo un último vistazo al lugar. Más tarde, frente a sus camaradas, alrededor del calor del fuego, juró haber visto una burbuja inflarse encima del pozo y girar, como si lo estuviese estudiando, antes de explotar y manchar las paredes, y el futuro de esas tierras, con el betún que cambiaba riquezas por el alma de las personas.


Contraportada

11 de abril de 2002. En el Centro de Caracas, a escasas calles del Palacio de Miraflores donde se encuentra el Presidente de Venezuela, suceden enfrentamientos armados donde caen abatidos decenas de ciudadanos. La crisis institucional, social y política que le sigue constituye el polémico escenario sobre el cual se teje uno de los proyectos literarios más arriesgados de la literatura venezolana contemporánea.

A través de dos personajes opuestos pero complementarios, la novela Yo maté a Simón Bolívar pasea al lector por los discursos predominantes utilizados por el gobierno y la oposición, a la vez que construye una complicada telaraña de intrigas y tramas diferentes. Valiéndose de una diversidad de estilos tomados de la novela negra, la narración en primera persona, el surrealismo y las mangas japonesas, Yo maté a Simón Bolívar nos presenta un país radicalmente dividido donde se construye una novela que debe ser leída “desde ambos lados”, ying y yang, para ser entendida a cabalidad.


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