poesía y creación

poesía y creación

"Un rincón de mesa", de Fantin-Latour (museo d'Orsay)

Uno de mis mentores me explicó, hace años, que leer prosa era una condición sine qua non para escribir mejor, pero que si quería explorar el lenguaje, no había nada mejor que la poesía para hacerlo. “Los poetas trabajan el lenguaje -me decía-, no conseguirás jamás esa exploración en autores de prosa”.

Yo le respondí que la poesía no me gustaba, que me costaba entender de qué diablos estaban hablando pero, sobre todo, que lo que más me desagradaba del tema “poético” era la gente que decía leer poesía. Me refiero al pseudo-intenso que entra a un bar entre nubes de humo y te excruta con sus gruesos lentes de pasta para explicarte que a él le encanta la poesía, que él es tan intenso que se traga unos mamotretos escritos en castellano del siglo XII en la playa, de lo más natural, bajo una sombrilla. Si llegas a decir que en la playa te gusta relajarte y leer novelitas policiales o que la última vez que esperabas tu turno en el dentista te llevaste un librito de Raymond Chandler, no el Amadís de Gaula, él te mira por encima del hombro, con ese tono de desprecio, como vegetariano al que le dices que acabas de comerte un plato de costillas y alitas gigantes de pollo.

Mi mentor, con ese tono de Yoda cruzado con el señor Miyagi con el que solemos recordar a nuestros maestros (a pesar de que lo que dijo fue seguramente algo como, “si eres pendejo, muchacho”), me explicó que hay poesía y poesía. Están los garabatos que cualquier aspirante a escritor avanza, muchas veces para enamorar a una pretendiente, que él llama “poesía”, que suelen ser líneas libres (porque tú sabes, la métrica es para los aburridos) sin rima (“mi pasión no se constriñe a la rima”) casi siempre intitulados “Oda al amor perdido” en el caso de los cursis, o “visita al infierno existencial”, para los intensos.

Eso, y el empeño de cierta educación por hacer que la literatura apeste (como decía Cabrujas), que te obliga a buscar retruécanos y polisíndetos, a razón de cinco puntos la respuesta, en versos aburridísimos de Rubén Darío o cantos ancestrales, es lo que lleva a a la mayoría de nosotros a desencantarnos de esa forma literaria.

Hasta que descubrimos la poesía. Hasta que alguien nos pasa un librito de Rimbaud o Baudelaire, hasta que entendemos la rebeldía de los poetas, hasta que entendemos que ellos han sido engullidos por el sistema para crear una corriente ascéptica, igual que los jazzistas y su música. Es decir, un género capaz de llevar a François Villon a la cárcel, una música jazz rodeada de chulos y drogas, hoy en día reducidos a entretenimiento en salones encopetados para “los cultos”, que escuchan a Charlie Parker y chascan los dedos, que te hablan maravillas de Una sesión en el infierno pero jamás de la Oda al hueco del culo de Rimbaud y Verlaine.

A pesar de que no soy un gran lector de poesía (y soy un lector muy desordenado de todo lo demás, maldita falta de disciplina), es sólo ahora, años después de haber seguido con pasión los versos de Baudelaire y su capacidad de describir y asociar palabras, que entiendo la importancia de la poesía.

Muchas cosas se han escrito en torno a la creatividad, de dónde viene, cuáles son las influencias, cómo nos distinguimos de la copia descarada. Gramáticas de creación, estilos forzados: recuerdo cuando leí, fascinado, a William Burroughs, gracias a su imaginación practicamente sin límites (más que por sus escogencias de temas narrativos, debo decir).

De eso hace como diez años, de esas incursiones en la tupida selva de Burroughs y de los experimentos de Baudelaire. En su momento, intenté copiarlos, escribir en su estilo, experimentar. Nada bueno salió de allí y abandoné toda escritura dizque “imaginada” o como se le quiera llamar.

Fue casi una década después, cuando escribía Yo maté a Simón Bolívar, que esas imágenes empezaron a reaparecer, pero ahora parecía que tenían sentido. Las descripciones tomaron vueltas inesperadas. Entendí la importancia de la poesía. Entendí la importancia de leer buenos autores. Ellos quedan bajo la piel. Te invaden, te envenenan, en el buen sentido de la palabra.

Ellos me hicieron escribir cosas como éstas, hablando de los estallidos populares en Venezuela:

“Caracas era una ciudad vampiro: Aproximadamente cada diez años, sus ciudadanos habrían de sacrificar chivos expiatorios para satisfacer la sed asesina de la capital, que se deleitaba lamiendo la sangre que la policía y los militares rociaban sobre sus jadeantes poros al calmar otro estallido social. Era una ciudad fundada sobre la violencia y la desigualdad colonial, actitudes grabadas en la piel de los ciudadanos condenados a la lucha o la resignación en este Auschwitz tropical situado entre Colombia y Brasil.”

A los poetas, a los de verdad, a los que investigan y crean: Gracias.

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2 Responses to “poesía y creación”

  1. Anonymous says:

    Me gustaría entender más a los poetas simbolistas; las características que los definen; apreciar, cuando los leo, los elementos que los hacen únicos, aunque reconozco que me cuesta trabajo. Estoy de acuerdo con Rimbaud en que se necesita un desarreglo de los sentidos, pero estoy seguro que no se alcanza con drogas o enervantes. La mente es muy poderosa per se para requerir esa clase de agentes externos.

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