La ironía en literatura

La ironía en literatura

En su libro clásico de 1989, “Contingencia, ironía y solidaridad”, el filósofo norteamericano Richard Rorty proponía una teoría para cuestionar nuestras creencias y valores. Después de la destrucción del objetivismo y la aparición de una plétora de lecturas relativistas, ideas como “Verdad”, “Historia” y hasta “Sujeto” fueron abandonadas. Estábamos ante la tan cacareada “postmodernidad”, que podía ir desde el acuerdo “intersubjetivo” para establecer lo que creemos como cierto, hasta la “anarquía epistemológica” donde no podíamos siquiera establecer a ciencia cierta si había un elefante en la pieza o no.

 

En ese sentido, la habilidad de Rorty fue no oponerse frontalmente a este debate. Muchos lo hicieron; por lo cual sacrificamos hectáreas enteras del Amazonas para que alguien escribiera decenas de páginas tratando de afirmar que estaba seguro de que esta era su mano derecha, o que la luz en el cielo venía del sol. Aparecieron filósofos expertos en desmontar discusiones. John Searle intentó, durante las conferencias del “Giro lingüístico”, atacar a Jacques Derrida. Al norteamericano le hubiese ido mejor retando a Mike Tyson a una pelea de boxeo: Derrida, autor del “deconstruccionismo”, lo destajó, lo picó en cubitos y se lo comió con salsa bechamel (o napolitana; una salsa sólo existe como oposición -di(e)ferendo- a la otra).

 

Rorty se ahorró muchos dolores de cabeza, y cambios de nombre tipo “Searle=SARL” al no entrar en este debate. Su aporte entonces, fue *aceptar* el estado de las cosas y reflexionar sobre cómo avanzar en un mundo lleno de incertidumbre.

 

Así, apareció “Contingencia, ironía y solidaridad”. Es un tratado que establece una especie de va-et-viens entre lo que creemos saber y lo que se nos critica, para afirmar nuestra construcción de la “realidad” (con minúscula). El autor dice que debemos aceptar la “contingencia” de nuestras creencias, luego tener suficiente “ironía” para cuestionarlas y “solidaridad” para asumir que creemos lo que creemos, igual que los otros creen lo que creen. Es así como Rorty se deslastra de la discusión universalista, ya que en vez de decir, “las mujeres tienen derechos iguales a los hombres”, él dirá algo como “ya que soy norteamericano, mi creencia es que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres. He cuestionado esta creencia, he escuchado los argumentos contrarios y, hasta ahora, sigo defendiendo mi punto de vista”.

 

Lo interesante de su postura es la idea de que podemos deshacernos de nuestras creencias y valores para cuestionarlos irónicamente. Muchos filósofos dirían que esto es imposible, que equivale a hacer desaparecer al individuo. Somos lo que creemos; si colocamos nuestras creencias entre paréntesis, ¿qué queda?

Para Rorty, gran parte de este movimiento “irónico” puede (o debe) hacerse a través del arte, especialmente la literatura. En sus últimos ensayos, el filósofo habla de Marcel Proust y de Vladimir Nabokov, escritores que nos permiten “ser solidarios con el sufrimiento ajeno”. Es decir, la literatura puede ser una forma de ponernos en contacto con el sufrimiento de los otros. He allí su importancia, su necesidad en nuestra sociedad.

 

Hablemos entonces de tres autores capaces de hacernos sobrepasar el clivaje nefasto oriente-occidente, aquel “orientalismo” que mecionaba Edward Saïd. Son los argelinos Yasmina Khadra, Kamel Daoud y Boualem Sansal, cuyas obras deben considerarse referentes centrales para la discusión política contemporánea a nivel global.

Yasmina Khadra es el “nom de plume” de Mohammed Moulessehoul. Sus libros, afilados y cuidadosamente ritmados, permiten al lector colocarse del otro lado del espejo. Es decir, hacer exactamente lo que proponía Rorty. No es lo mismo ver la guerra de Argelia desde el punto de vista del protagonista de “Lo que el día le debe a la noche“, o seguir la invasión de Irak con “Las sirenas de Bagdad“. De hecho, este último -su mejor obra, a mí parecer-, debería ser lectura obligada en los colegios norteamericanos. Si la novela fuese hecha película, debería llamarse “Iraki Sniper” y destruiría el filme de Clint Eastwood. Pero Khadra no se queda allí, su último libro, “Los últimos días del Raïs” es una increíble novela escrita en primera persona… Desde la perspectiva de Muamar Gadafi, en Libia. “Debí hacerle caso a Hugo Chávez y asilarme en Venezuela -dice el dictador cuando le están cayendo a bombazos en Sirte-. Ahora estaría tranquilo en una playa, no viendo este pueblo traicionarme”.

Kamel Daoud propone, en “Mersault: Contrainvestigación“, escribir la reacción a “El extranjero” de Camus, desde el punto de vista del hermano de la víctima. El libro se lee practicamente de un tirón, pues seguimos la conversación en un bar del protagonista, que se queja de que los medios le den prensa al francés autor del crimen, no a la víctima. Es como leer “La ilíada” seguido de “La eneida”: en la primera, Ulises es un genio capaz de diseñar planes y estrategias; en la segunda, es un cobarde que sólo sirve para engañar y esconderse en un caballo de madera.

Boualem Sansal quiere sobrepasar el debate actual sobre el Islam, proyectándose en el futuro. Su libro, “2084: el fin del mundo“, es una distopía que se centra en el único elemento que Orwell olvidó: la religión. En “Abistán”, una especie de religión post-apocalíptica de claras influencias islámicas domina el mundo. Abi, el profeta de Yolah, ha sentado las bases para la dominación después de la guerra nuclear que acabó con el mundo. Se lee más como ensayo que como ficción, ya que Sansal pasa su tiempo describiendo al mundo, en vez de las acciones del protagonista; pero sus ideas, elucubraciones y proyecciones bien valen el libro entero.

 

3 autores, 3 obras, 3 visiones capaces de abrir nuestros horizontes y evitar el conflicto al cual nos empujan hoy en día.

 

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