Instrucciones para hervir sapos: destruyendo la democracia en Venezuela

Un viejo artículo del 2017 que republico para aquellos que preguntan, ¿qué pasó en Venezuela?

Hace casi diez años, en septiembre del 2007, Hugo Chávez anunció que Venezuela sería una potencia mundial. No fue la primera vez, ni la última, que el autoproclamado heredero de Bolívar le prometió prosperidad a los venezolanos. Sin embargo, en el 2016, Venezuela encabezó el índice de país más miserable del mundo por tercer año consecutivo. Así, enfrentado a una crisis económica sin precedentes, el heredero de Chávez, Nicolás Maduro, decidió volverse un dictador de corte clásico en marzo del 2017. Valiéndose de las instituciones que controla, como el Tribunal Supremo y el Comité Nacional Electoral, ha usurpado las funciones de la Asamblea Nacional. Desde Fujimori en Perú no se veía tal desparpajo a la hora de destruir la democracia. Parecía ser la gota que derramaría el vaso. Sin embargo, los venezolanos se encuentran acorralados y cansados, incapaces de reaccionar. Han sido décadas de embistes y golpes bajo la cintura a las instituciones. Chávez supo jugar a distancia. No era un sprinter de las dictaduras, como los Castro invadiendo la Habana. Él era un maratonista de la autocracia, capaz de cerrar una radio aquí, un periódico allá. Años de un boom petrolero sin precedentes le dieron el músculo financiero para corromper a todo el país. Entre el 2002 y el 2008, Venezuela perdió, literalmente, cientos de millardos de dólares. Chávez implantó una serie de cajas negras, inauditables, a las cuales entró el chorro de dólares más grande de la historia nacional. Hoy, con estos “bancos del desarrollo” exsangües, la población languidece. Venezuela es uno de los países más violentos del mundo. La pobreza ronda el 75% (la tasa aproximaba el 50% al llegar Chávez). Si este es el lúgubre panorama, ¿por qué los venezolanos no reaccionan? ¿De dónde viene la inacción y la desesperanza? ¿Cómo se logra consolidar un poder autocrático en el siglo XXI?

 

La teoría del sapo hervido

Todos hemos escuchado el cuento: si se quiere hervir a un sapo, no se le puede echar directamente en el agua caliente. El animal brincará, reaccionando ante el calor, y se escapará de la olla. Para hervir sapos, lo ideal es colocarlo en una olla con agua a temperatura ambiente. Luego, se aumenta la temperatura ligeramente. El sapo se acostumbra a su nueva situación y no se da cuenta de que la temperatura ha vuelto a aumentar. Cae en un letargo; el chef vuelve a subir el fuego… Cuando el agua empieza a hervir, el sapo ha bajado la guardia. Ahora no salta. Acepta y asume su destino con resignación.

 

Sapos a 20º C

El chavismo coincidió con la explosión de los blogs. A principios de siglo, antes de las redes sociales, me gustaba frecuentar páginas del gobierno y de la oposición. Curiosidad de etnógrafo, dirán algunos. En todo caso, en esa época, se podía discutir, intercambiar ideas, conocer diferentes puntos de vista. Con gran ingenuidad, supuse que había fronteras infranqueables para quienes se autoproclamaban “demócratas”. Razonaba que, a pesar de no compartir las ideas de tal o cual intelectual o bloguero, había ciertas “pruebas de fuego” inamovibles. Si Chávez empezaba a matar estudiantes, por ejemplo, todos nos sentiríamos escandalizados. Si empezaba a arrojar gente de helicópteros como Videla. Si hambreaba a la gente y compraba sus votos, como Mugabe. Ese tipo de cosas.

 

Así, una de las primeras “pruebas de fuego” fue la reforma de la Ley que copó al Tribunal Supremo de fichas pro-Chávez. Sucedió en el 2004, luego de que el Presidente explotara en una rabieta cuando el Tribunal determinó que no hubo golpe de Estado en el 2002. La reforma permitió a Chávez nombrar a dedo nuevos magistrados. Fue una jugada de claro corte autoritario. Clamaron los blogueros pro-gobierno: El Tribunal era una institución podrida, remanente del pasado burgués, etc.; debía ser reformado. La vida continuó.

 

Sapos a 40º C

La gran excusa a nivel internacional era que Chávez hacía elecciones. Votamos decenas de veces en pocos años; en teoría, era cuestión de refundar el país. En la práctica, el gobierno jugaba con dados cargados: se hacían elecciones sólo cuando se estaba seguro de ganarlas. Cuando Chávez perdió la reforma de la Constitución en el 2007, jamás aceptó los resultados. El Presidente, siempre tan poético él, gritó que fue “una victoria de mierda” y que las elecciones se volverían a hacer. Los blogueros pro-gobierno explicaron, analizaron, compararon con sistemas parlamentarios y citas de Toqueville o qué sé yo. La vida continuó.

 

Sapos a 60º C

Más allá de las afrentas a las instituciones, yo suponía que la violencia era una punto de no retorno. Podía entender que los blogueros se hicieran los juristas, pero ¿qué sucedería si estallaban los golpes, los empellones, los arrestos arbitrarios? En el 2009, el chavismo-electoral terminó de cristalizarse como movimiento abiertamente violento y beligerante. Hubo episodios anteriores, cuando opositores fueron baleados en marchas por militantes del gobierno. El ejecutivo siempre se cuidó de mantener su barniz pacífico; se distanciaba sistemáticamente de estas agresiones. La guerra ahora era contra “los medios de comunicación controlados por el capital y la banca internacional”, o algo por el estilo. Claro que quien dice “guerra”, dice “violencia”: reporteros del periódico Últimas Noticias fueron agredidos por una turba pro-gobierno. Esta vez, Chávez no se alejó de la violencia: la abrazó. Los agresores jamás fueron presos, más bien se les otorgó una medalla por “defender la patria”. Se nos explicó que los reporteros “provocaron” a los chavistas, por lo cual no sólo se merecían tal paliza, sino que acorralar a gente indefensa y lincharla en una turba era una gesta heroica digna de una mención.

 

Sapos a 80º C

Así, los sapos se fueron acostumbrando al calorcito en el agua. Cuando Chávez ordenó meter preso a su rival político por televisión, cuando le dictó una sentencia a una jueza que sólo siguió la ley, ya la suerte estaba echada. Los blogueros se habían desensibilizado. Escribieron artículos de un cinismo cruel, burlándose de la jueza. Ella denunció maltratos de todo tipo, incluso fue violada en la cárcel. A estas alturas, ya la discusión en los foros de estos blogs había desaparecido. Ni siquiera una carta del gran manitú de la izquierda, Noam Chomsky, les hizo apiadarse de la jueza o demás presos.

 

Sapos hirviendo

Poco a poco, los autoproclamados “luchadores sociales” que escribían letanías sobre la explotación del hombre por el hombre y el marxismo dialéctico, fueron defendiendo los atropellos. Gente que admirábamos, intelectuales del siglo pasado, justificaron con su silencio la aparición de un centro de torturas blancas conocido como “La Tumba”. Las instituciones iban cayendo, poco a poco. Se perdía la independencia de poderes. Nos acostumbrábamos a la violencia. El gobierno apresaba ciudadanos sin acusarlos. El Presidente gobernaba por decreto. El Presidente desaparecía, no pedía permiso a la Asamblea, y mandaba por Twitter desde Cuba. Los disparates se normalizaban. Cuando en el 2013, el chavismo le tendió una celada a la oposición, nadie se sorprendió. Diosdado Cabello mandó a cerrar las puertas de la Asamblea Nacional y trajo a sus guardaespaldas para golpear a los diputados. Los humilló, lo filmó y lo mostró en televisión. Nadie fue preso. Después de indignarnos, la vida continuó. Los sapos empezaban a sudar.

 

¿Alguien quiere ancas de rana?

En el 2014, la violencia se había convertido en la forma preferida de hacer política. Una serie de manifestaciones sacudió al país. Ahora sí que los sapos van a brincar. El pueblo ha dicho ¡basta! y se ha echado a andar… La represión fue brutal. A lo largo y ancho del país, el saldo final fue de más de 40 fallecidos, casi 500 heridos y 1800 detenidos. El gobierno movilizó sus grupos de choque, los mal llamados “colectivos”, para dispararle a la gente. Hubo manifestantes baleados por la espalda. Las nuevas tecnologías dejaron registro de los hechos. Fue la última vez que tuve un intercambio con un blog pro-gobierno. El autor, que nos explicaba todos los 11 de septiembre que la gran tragedia ese día fue el golpe contra Allende, era incapaz de cualquier tipo de empatía. Cuando le mostraron los videos de los colectivos disparándole a la gente, se hincó de hombros y dijo que cuaqluiera podía trucar un vídeo. “Muéstrame un vídeo en HD, filmado con equipos de verdad”, dijo. Le dediqué un artículo a tal disparate y dejé de leerlo definitivamente.

 

Estas son las razones por las cuales no hay una reacción explosiva e inmediata ante la última treta legal del gobierno venezolano. La historia corta es que, desde que la oposición ganó las elecciones legislativas en el 2015, el Tribunal Supremo ha hecho todo lo posible por anular la Asamblea. Ha recurrido a claras y flagrantes violaciones de la Constitución, como permitir que el Presidente presente un presupuesto nacional sin pasar por la Asamblea. Explicar que la “memoria y cuenta” no tiene que darse ante la Asamblea, como lo dice explícitamente la Constitución. Decir que las elecciones no convocadas en diciembre pueden esperar.

 

Así las cosas, en marzo del 2017 el Tribunal dictó una sentencia que usurpa los poderes de la Asamblea. Cansados de fingir que juegan a la democracia, se apropiaron sus atribuciones. Horas más tarde retrocederían, editando la sentencia para hacernos creer que ahora sí goza de legalidad. Todo lo demás, el burdo abuso de poder, la no-división de éstos, los presos políticos y las elecciones que no se convocan; todo eso sigue intacto.

 

Imagino que el bloguero pro-gobierno estará celebrando esta victoria de la extraña y torcida justicia chavista. No somos una dictadura, argumenta, porque se “editó” una sentencia que ahora sólo dice que la Asamblea está en desacato y no puede legislar.

 

Ya es demasiado tarde. El mal ha sido banalizado: los “luchadores sociales” que dicen “defender al pueblo” jamás admitirán sus errores. El chavismo implementa operaciones de agresión a los más pobres, como la “Liberación del pueblo” (sic), sin que ellos se inmuten. Chávez ganó, porque logró dividirnos y deshumanizarnos.

 

¿Qué sucederá en Venezuela? Difícil saberlo. Una parte de mí cree que el chavismo será salvado por Hugo Kim Jong-Un o Marisabel Kim Jong-nam, sus hijos. Algún tipo de transición; qué sé yo. Lo cierto es que el daño no es sólo económico, de infraestructura y caída del PIB. El daño es más profundo. Venezuela es un país incapaz de recordar lo que es vivir en democracia. Prohibir hablar mal del exPresidente es normal, hoy en día. Terminar en una mazmorra sólo por manifestar, tiene sentido. Que los jueces legiferen a favor del Ejecutivo es la única idea plausible.

 

Esto es lo que llevará más tiempo recuperar en mi vapuleado país.

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