Los derechos laborales y Upton Sinclair

Los derechos laborales y Upton Sinclair

En su novela, “La jungla”, publicada en 1906, el escritor norteamericano Upton Sinclair nos recuerda que la utopía de algunos teóricos contemporáneos en materia económica, como la eliminación del salario mínimo y de la seguridad social, existió hacia principios del siglo XX. Quien quiera saber cómo será un mundo sin Estados, sindicatos, convenciones sociales y derechos laborales, puede simplemente adentrarse en las páginas del trabajo de Sinclair. Porque la novela, publicada primero como una serie de artículos en el periódico socialista Appeal to reason, se basa en la acuciosa investigación del escritor en las fábricas empaquetadoras de carne.

“All day long the blazing midsummer sun beat down upon that square mile of abominations: upon tens of thousands of cattle crowded into pens whose wooden floors stank and steamed contagion; upon bare, blistering, cinder-strewn railroad tracks, and huge blocks of dingy meat factories, whose labyrinthine passages defied a breath of fresh air to penetrate them; and there were not merely rivers of hot blood, and carloads of moist flesh, and rendering vats and soap caldrons, glue factories and fertilizer tanks, that smelt like the craters of hell—there were also tons of garbage festering in the sun, and the greasy laundry of the workers hung out to dry, and dining rooms littered with food and black with flies, and toilet rooms that were open sewers”.

Sinclair se inscribe en la línea de realismo social para denunciar, a través de sus personajes, las calamitosas condiciones de trabajo de los obreros en una fábrica de Chicago. Los protagonistas, una familia de emigrantes de Lituania, llegan a los Estados Unidos en busca de un mejor futuro. El personaje principal, Jurgis Rudkus, es un trabajador infatigable que, ante cada contratiempo, responde lacónicamente “trabajaré más duro”. Sin embargo, la familia constata con amargura cómo el sistema está completamente en contra de los obreros. Desde el capataz hasta el patrón, pasando por la policía, los jueces, los abogados y los vendedores de bienes raíces, la idea detrás de Packingtown es una máquina diseñada para triturar seres humanos.

Lo más desolador de “La jungla” no es el pathos que le puede imprimir la talentosa pluma de Sinclair, es saber que todos los hechos están bien documentados y se alejan apenas unos pocos centímetros de la realidad. Porque por cada Jurgis barriendo los suelos llenos de sangre de los mataderos, hay miles de personas de carne y hueso, que vivieron en las mismas condiciones.

Las condiciones de Packingtown son muy parecidas a aquellas que nos pretenden imponer ciertos teóricos por la “libertad”: una economía desregulada, en la cual Jurgis puede ir de fábrica en fábrica negociando su salario, compitiendo con decenas de condenados en la misma situación, obligado a aceptar condiciones paupérrimas.

Jurgis no tiene vacaciones, ni caja de ahorro, ni compensación por desempleo. No tiene seguro social, ni cobertura médica; y cualquier accidente que ocurra en la fábrica será cubierto rápidamente por el médico de la planta, quien declarará cero responsabilidad del empleador. De hecho, en una de las escenas más desoladoras del relato, Jurgis descubre que un capataz ha estado abusando de su mujer y amenazándola con despedirla. Cuando el lituano se entera, decide confrontar al sujeto y partirle la madre a golpes. Esto le gana al protagonista un paso por el sistema judicial corrupto y vendido al mejor postor, que termina encarcelándolo.

En el plano psicológico, la novela acierta al mostrarnos el cambio en la familia lituana. Fascinados al principio por la mecanización del trabajo y de cómo cada obrero hacía una tarea específica, poco a poco se van dando cuenta de que, mientras ellos empujan reses y cerdos hacia el matadero, la fábrica los empuja a ellos hacia la muerte o el desempleo. La tarea del capataz es esa, explícitamente esa, “romper” a los obreros. Exigirles y forzarlos hasta que los accidentes, o sus organismos propios, los descartan y los echan. Luego aparecen otros pobres diablos quienes tomarán su lugar.

Es fácil entender que las condiciones descritas por Sinclair siguen existiendo hoy en día. Si bien nuestras Packingtown no están en Chicago sino en Asia, el abuso sigue siendo el mismo. Incluso en las sociedades “desarrolladas”, la lucha es constante entre los empleadores y los empleados por destruir los derechos de estos últimos. Esto no es exageración ni ficción: yo mismo he presenciado, de primera mano en mis trabajos proles, cosas como empleados trabajando más de veinte días seguidos sin descanso, bonos borrados de un plumazo, horas de trabajo que no te pagan, trabajo nocturno o los fines de semana sin indemnización (“tómelo o déjelo, acá es así”), accidentes por fatiga excesiva, “almuerzos” que consistían en un bollo de pan y una porción de queso fundido, vacaciones negadas, multiplicación de puestos, y muchos etcéteras más.

Sí, estoy hablando de Francia, el país de los Derechos Humanos y de los sindicatos, de las 35 horas de trabajo y de la vida bella para algunos. Es en este país donde trabajé con un ucraniano, por ejemplo, que dormía en el sótano escondido dentro de un clóset, comía las sobras y no salía jamás del hotel. Era un esclavo moderno, ni más ni menos.

Volviendo a “La jungla”, es triste que el realismo social de Sinclair haya sido tan prolífico y tan gráfico, que su novela, destinada a llamar la atención sobre las condiciones de trabajo de los inmigrantes, terminó creando un escándalo… Sobre la forma en la que se empaqueta la carne.

“Traté de llegarle al cerebro de los lectores, pero llegué fue a sus barrigas”, dijo Upton Sinclair. Su trabajo fue la piedra angular de una serie de reformas en la inspección de los productos destinados a la alimentación, que se convirtieron en el Food and Drug Administration en 1930.

“La jungla”, es una lectura indispensable, que ayuda a contextualizar los debates con un marco histórico. Retrata una época en la que el Estado no se inmiscuía en las andanzas de las empresas, lo cual se reflejaba en una no muy sorprendente baja de la calidad, y aumento de la producción:

The meat would be shoveled into carts, and the man who did the shoveling would not trouble to lift out a rat even when he saw one—there were things that went into the sausage in comparison with which a poisoned rat was a tidbit. There was no place for the men to wash their hands before they ate their dinner, and so they made a practice of washing them in the water that was to be ladled into the sausage. There were the butt-ends of smoked meat, and the scraps of corned beef, and all the odds and ends of the waste of the plants, that would be dumped into old barrels in the cellar and left there. Under the system of rigid economy which the packers enforced, there were some jobs that it only paid to do once in a long time, and among these was the cleaning out of the waste barrels. Every spring they did it; and in the barrels would be dirt and rust and old nails and stale water—and cartload after cartload of it would be taken up and dumped into the hoppers with fresh meat, and sent out to the public’s breakfast”.

Tampoco hay que ser un vidente para darse cuenta de que la eliminación del salario mínimo y demás derechos laborales, nos devolverían directo a principios del siglo XX.

“Here is a population, low-class and mostly foreign, hanging always on the verge of starvation and dependent for its opportunities of life upon the whim of men every bit as brutal and unscrupulous as the old-time slave drivers; under such circumstances, immorality is exactly as inevitable, and as prevalent, as it is under the system of chattel slavery”.  

Así que recuerda, cuando escuches el discurso sobre cómo el Estado le pone trabas a la empresa privada, que a veces, en ciertos casos, es el Estado el que está evitando que la empresa privada te venda salchichas de rata molida. Porque puede ser que reducir o eliminar al Estado signifique menos papeleo, pero también significa menos control.

Hay puntos medios.

Share

Leave a Reply

archivos