
Las sociedades albergan el secreto anhelo de izarse hasta los cielos. Es una búsqueda frenética de verticalidad, de hacerle cosquillas a los pies de los ángeles, de superar la condición humana para trascender el tiempo y el espacio.
Desde tiempos inmemoriales, el Hombre ha soñado con proyectarse al infinito. Sin embargo, muchos mitos nos previenen de lo osado de esta empresa. El más conocido es, evidentemente, el mito de la Torre de Babel: el intento de utilizar la tecnología como una tarea hercúlea, como una prueba de nuestra ascensión a la cúspide de toda fauna para propulsarnos hasta la inmortalidad, como dioses griegos.
Mi país de origen comporta una quimera parecida. Es una construcción de proporciones alocadas, toscas, delirantes: el intento de inscribir a Venezuela entre los países más desarrollados del mundo. Hoy por hoy, la fantasmagoria (como diría Walter Benjamin) de tal visión pende sobre Caracas, como el recuerdo de un idilio juvenil, de una época cuando los venezolanos pensamos ser el centro del Universo.
Venezuela ganó la lotería mundial en 1914, cuando el pozo Zumaque I arqueó su espalda antes de estallar, expulsando un vómito negro de petróleo que lo corrompería todo. Repentinamente, este pequeño país se intoxicaría de dólares, lanzándose en una carrera frenética de desarrollo. Caracas pasaría de ser una ciudad semi-feudal, de unas pocas decenas de miles de habitantes a una metropoli de un millón de personas, en poco más de medio siglo.
El oro negro lo consumió todo. Echaba sus raíces bajo la tierra, donde acechaba a los Hombres; en la superficie, el oscuro betún invadió el corazón de nuestros políticos y hombres de negocio.
Sin embargo, la decadencia no se detuvo allí. Los venezolanos, borrachos de tanto beber el cálice infernal, tuvieron visiones estrafalarias de imposible ejecución. Fue así cómo nació un proyecto faraónico, rabiosamente modernista, que reunió las ideas más extravagantes en una construcción qué pretendía dominar el valle de Caracas.
El helicoide, pues así se llamaba este sigurat tropical, pretendía domesticar el cerro de la roca carpeya, royéndolo hasta acomodársele en su cima. Era la aspiración piramidal de dominación del venezolano, el súmmum del desarrollo para esta pequeña nación tropical.
El proyecto fue radicalmente innovador desde su concepción: una serie de rampas se enroscaban alrededor del cerro Roca Tarpeya en el centro de la ciudad. Los cuatro kilómetros de vía paseaban a los conductores frente a los diferentes locales comerciales, poniendo la comodidad norteamericana y sus famosos shopping malls a la mano de todos los venezolanos. No es de extrañar que el propio Rockefeller intentara comprarse este centro comercial para automóviles o que Salvador Dalí se propusiera decorarlo.
No obstante, como muchas cosas en mi país, el Helicoide sería abandonado a mediados de los sesenta, durante el último período de alternabilidad democrática de Venezuela (1958-1998). Luego de años de trabajo desenfrenado para domesticar la montaña y moldear la Roca Tarpeya, una serie de inconvenientes presupuestarios y logísticos detuvieron la construcción de golpe. Le siguieron una retahila de tentativas infructuosas para recuperar el Helicoide y finalizar el proyecto, incluyendo la ocupación del lugar por ciudadanos sin casa, víctimas de deslizamientos y deslaves, y la idea de crear un Museo de Antropología a principios de los ‘80.
El destino que le siguió al Helicoide es emblemático de las luchas ideológicas de un país escindido entre los deseos castenses de dominación y las aspiraciones intelectuales de los ciudadanos. Las fuerzas policiales lo convirtieron en un centro de detención antes de que un grupo de arquitectos intentara crear un centro ambiental para la preservación de la ciudad.
El pataleo débil de la sociedad civil por recuperar uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad fue echado al traste a principios de siglo, al instalar una escuela de entrenamiento policial y militar en el Helicoide. Lejos quedaron las ínfulas culturales y estéticas de la sociedad civil, que pretendía disponer del espacio para construir museos, centros de investigación y escuelas: ahora la única escuela que habría en el Helicoide era la escuela de la tortura, la materia que más se profundiza en mi Continente.
Hoy por hoy, esta utopía venezolana es lo que nos queda del proyecto inicial. Es el memento de una época en la que podíamos soñar, en la que podíamos inventar nuestro futuro, ser dueños de nuestro destino.
Es posible que los venezolanos hayamos volado muy cerca del sol, como Ícaro. Sin embargo, la cruel realidad es que en la actualidad, nuestro sueño colectivo de emancipación ha dado lugar a la pesadilla más oscura: el Helicoide es el centro de torturas de la revolución bolivariana, como el Estadio Nacional de Pinochet en Chile.
Paradójicamente, los venezolanos nos rehusamos a ver el Helicoide. Nos perdemos en la montaña del Ávila, atrás; o en los techos abigarrados de la barriada que se ha construido alrededor.
Es un intento más de reprimir nuestro dolor, nuestras ilusiones rotas, nuestras familias destrozadas por la política. Es la tozudez venezolana de jamás abandonar, de seguir creyendo, de seguir tratando de construir un país.
El Helicoide está grabado en lo más profundo del inconsciente venezolano. Igual que nuestro petróleo, que yace escondido bajo la tierra a la espera de liberar sus demonios, el Helicoide alberga nuestras fantasías más inverosímiles, así como el horror más incipiente: en los cuerpos torturados encontramos las marcas de una sociedad babélica, que nos prometió el cielo antes de impulsarnos a lo más oscuro del infierno.
Los venezolanos no podemos conformarnos con la fantasmagoría de un proyecto que prometió llevarnos al fin de la Historia. Es solo encarando el Helicoide, con todo lo que encierra de belleza, imaginación y creatividad (pero también de horror y de mecanización del sufrimiento venezolano), que Venezuela podrá renacer de sus cenizas.
Esta es la razón por la cual coloqué el Helicoide en la portada de mi novela, “Perico exprés”. Muchas gracias.
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Traducción de un texto leído en la presentación de “Coco Express” (Éditions Intervalles), el 28/06/2026 en la librería L’Arabesque, 104 rue Curial, Paris.
*Si quieres colaborar con la causa, puedes adquirir un ejemplar electrónico de mi libro, aunque esté en francés 😉