Un inspector en Corea del Norte

James Church y la novela negra en la dictadura de los Kim

Publicado en: El Nacional

Cuando George Orwell publicó su novela 1984, el mundo occidental creyó haber dado con la asíntota del totalitarismo. La distopía del inglés, una sociedad perennemente vigilada y controlada hasta por los niños, representaba el súmmum del horror. No era la primera vez que la literatura planteaba la anulación del espacio privado. En 1921, el ruso Yevgueni Zamiatin imaginó una ciudad transparente, de edificios cristalinos con policías espiándonos desde todos los ángulos posibles. Es por esto que su novela Nosotros inspiró a Orwell. Sin embargo, en 1984 no hacía falta ver a través de las paredes para controlar a los ciudadanos. En el primer capítulo, Winston Smith se levanta ante una especie de “Echo” de Amazon (1) que le incita a hacer calistenia antes de ir al trabajo. Se le obliga a asistir a jornadas de oprobio hacia la resistencia, donde debe gritar insultos hacia los insurrectos. Lo que Orwell entendió, y lo que hace a su novela una obra maestra, es que el control total pasa por el lenguaje. No se puede pensar sin lenguaje. Así, dominar la mente de los ciudadanos equivale a obligarlos a repetir hechos fácilmente refutables en el mundo real. Cuando los gobernantes logran hacer que la masa grite que “la guerra es la paz” o que “la esclavitud es la libertad”, reducen a los habitantes a dóciles mascotas, manipulables y desechables al antojo de sus opresores.

 

Ahora bien, en el mismo año en que Orwell publicaba su pesadilla inimaginable, alguien más, del otro lado del planeta, sentaba las bases para el peor totalitarismo que jamás hayamos visto. Fue en 1949 cuando Kim Il-Sung fundó el “Frente democrático para la reunificación de la patria” y terminó de consolidarse como líder supremo de Corea del Norte. Lo que ha logrado la dinastía psicopática de los Kim es un espanto que rebasa con creces el horror descrito en 1984. En Corea, a nadie se le ocurriría pasar mensajes en papelitos ocultos, como Winston y Julia. En Pyongyang no existen barrios obreros donde usted pueda alquilar apartamentos para estar con su novia en secreto. Por más espeluznante que pareciera la Oceanía de Orwell, al menos había luz (2).

No es de extrañar entonces que Christopher Hitchens haya intitulado su columna sobre ese país como “Peor que 1984” (3). Según el polemista norteamericano, los Kim lograron lo imposible: la creación del hombre nuevo coreano. Es un “enano hambriento que vive en la oscuridad, en la ignorancia y el miedo, que rinde culto a un muerto”, dice (4).

Es difícil conocer la realidad de ese país. El régimen es impenetrable: el gobierno no publica cifras de inflación, o muertes por inanición, o siquiera el número de campos de concentración que posee. El hecho de que los norcoreanos midan en promedio quince centímetros menos que aquellos del Sur es suficiente ilustración. Corea del Norte es un Estado-esclavo, donde todos los ciudadanos son propiedad de una familia desquiciada. El Gran Hermano de Orwell parece Mahatma Gandhi al lado de lo que los Kim son capaces de hacer.

Es en este contexto, y ante la amenaza de una guerra entre Kim Jong-un y Donald John Trump, que la literatura de James Church cobra relevancia. El autor norteamericano ha publicado, desde el 2006, una serie de novelas negras que suceden en Corea del Norte. De hecho, “James Church” es solo el pseudónimo de un ex-agente de los servicios de inteligencia. Así, su “serie del Inspector O.” ofrece una aproximación fascinante al infierno de los Kim. Church destaca no solo por el lugar geográfico en el cual inserta a sus personajes. Su manejo del ritmo, sus descripciones parsimoniosas y precisas, la estructura de la novela y la profundidad de los personajes hacen que sus libros sean una verdadera joya.

El momento es propicio para buscar un ejemplar de Un cadáver en el Koryo, el primer libro de la serie. Es una novela finamente hilada, donde las intrigas políticas se van sobreponiendo en forma de espiral.

El libro empieza con el Inspector O. escondido en una montaña, vigilando la Autopista de la Reunificación. Church expone, en esas breves páginas, toda la locura del régimen de los Kim. Sucede que el “Presidente eterno de la República”, Kim Il-Sung, había trazado con su “mano que nunca se equivoca”, una línea recta entre Pyongyang y Seúl, en Corea del Sur. Ordenó la construcción de la flamante vía por la cual los norcoreanos conquistarían la victoria última. Sin embargo, el territorio era irregular y la autopista imposible de realizar en línea recta. Para ahorrar años de obras, el General encargado prefirió utilizar curvas y desvíos en vez de túneles. Craso error: cuando le presentó el mapa al Presidente eterno, este lo envió directo a un campo de concentración. Su sucesor, mucho más astuto, no se preocupó por enderezar la autopista. Simplemente acomodó el plano, trazando una vía perfecta, como había pedido el líder. Es por esto que en los mapas al interior del país la Autopista de la Reunificación aparece derecha, a pesar de que el propio ojo desnudo deja ver que contiene bifurcaciones y curvaturas.

Esa escena sirve de resumen a lo que es la vida en Corea del Norte: un doble pensar perenne donde arriba es abajo y el agua no moja. No obstante, lo interesante del trabajo de Church no es la exposición de anécdotas horrorosas sobre la vida de estos seres-esclavos bajo el yugo de los Kim. Las intrigas van más allá. El sistema se mantiene gracias a la capa de burócratas y militares que rodean al gobierno. La única forma de sobrevivir en Corea del Norte es tener contactos y negocios paralelos. Desde el control de la moneda hasta la importación de bienes de China y Japón, un grupo de militares conectados vive con cierta holgura en la capital.

Los proyectos totalitarios suelen imitarse. Basta con crear un infierno en la tierra en el medio del cual hay un bolsillo de relativa paz. Ya sea Pyongyang, Phnom Penh en Camboya o Stalingrado, si usted cae en desgracia con la nomenklatura, será exiliado. Con suerte, le tocará hacer trabajos manuales en tierras áridas, si es que no lo mandan a un campo de concentración en Siberia o al interior de Camboya. Es así como se impone el control total: obligue a todo el mundo a romper la ley para sobrevivir y luego escoja a su antojo a quién castigar.

Sin embargo, en estos sistemas hay ciertas personas que gozan de privilegios. Es el caso del inspector O., cuyo abuelo peleó junto a Kim Il-Sung y fue nombrado “el corazón de la revolución”. Esto le permite, por ejemplo, no utilizar el botón con la cara del “Presidente eterno” en su camisa, lo cual le crea problemas a su superior. Cuando confronta a su hermano y le dice que no cree en el discurso socialista sobre los “renegados socavando la revolución”, este le responde que, a pesar de tener la misma sangre, no podrá impedir que lo lleven a justicia junto a “toda esta escoria humana” de ideas occidentales.

Sucede que la vida de un inspector del Ministerio Popular para la Seguridad del Pueblo no es fácil. La economía de Corea del Norte ha colapsado, por lo cual los sueldos se pagan con mucho retraso. Nadie puede quejarse, so pena de ser exiliado a las provincias de una pobreza aterradora. Así, la vida en Pyongyang es una farsa total. Ya que los cupones para surtir los automóviles de gasolina no han llegado, el jefe de O. le propone “dar un paseo, ya que el día está bonito”, en vez de admitir que tiene el tanque vacío. Igualmente, cuando O. se encuentra en la ciudad de Namp’o para seguir su investigación, se da cuenta de que los cupones que le da el Ministerio son inútiles. Como en toda economía arruinada, la moneda ha sido sustituida. La mujer de un puesto de comida callejero le dice, “¿Cupones? Puede que sea vieja, pero no estúpida. La comida vale dinero. El chino es bueno. El ruso también. Con dólares americanos, te doy la mejor comida posible”.

Es esta economía y este estado paralelo lo que mantiene a Corea del Norte en pie. También es la razón por la cual un cadáver en el hotel Koryo preocupa a las autoridades. El Koryo es una especie de Alba Caracas norcoreano. Construido durante los años de expansión, hoy en día el Koryo está derruido. Es aquí donde se alojan los extranjeros, por lo cual las paredes están llenas de micrófonos y las habitaciones de espías.

La realidad es que en estos regímenes la gente aprende a agachar la cabeza y sobrevivir como mejor puede. Es el plan del inspector O., quien hace años ha dejado de creer en la verdad y la justicia. No obstante, la tarea banal de vigilar la Autopista de la Reunificación lo colocará en medio de un juego de poderes entre militares.

Los negocios están por encima de las ideologías. Detrás del discurso supremacista norcoreano, los militares compran automóviles en Corea del Sur y los venden en China. Cuando un militar rival descubre la red de contrabando, intenta tomarla por la fuerza, matando a todas las fichas de su adversario. Es así como el Inspector O. se verá inmiscuido en un peligroso juego del gato y el ratón que lo llevará a recorrer algunos pueblos del interior de ese país.

La saga del Inspector O. no termina con Un cadáver en el Koryo. Los otros tomos que he podido leer, Luna escondida y El hombre con la mirada báltica, son excelentes novelas policiales también. James Church tiene esa rara capacidad de ir de lo particular a lo general, de empezar con la Autopista de la Reunificación y llegar hasta los conflictos geopolíticos de un país tan complicado como Corea del Norte. Es por esto que, con las tensiones escalando entre el Estado-esclavo de los Kim y el resto del mundo, es un buen momento para adentrarse en su obra.

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