El ángel vengador (“Yo maté a Simón Bolívar”)

El ángel vengador (“Yo maté a Simón Bolívar”)

(Extracto de la novela doble, “Yo maté a Simón Bolívar“. Primer capítulo del libro Yin).

El ángel vengador

Cuando se asesina a alguien que no se conoce, ¿es posible hablar verdaderamente de un asesinato? La historia necesita sus peones, sus sacrificios, sus muertos; aquellos que encauzan a los pueblos en la dirección adecuada. Cuando las políticas nacionales derrapan, aparece, como Moisés, el gatillo frío pero necesario que conducirá al país por la vía correcta. Los pueblos son como ovejas, y las balas son los perros que los arrean hacia el corral de la democracia.

 

La gota de sudor reptaba lentamente mientras descendía por su rostro. Johnny Martínez se apoyó en la ventana para observar a los manifestantes. Desde acá no podía distinguirlos con precisión, todo se fundía en una ola de colores que intentaba atravesar la ciudad.

 

Maldijo el clima tropical, siempre inconveniente para su clásico atuendo negro. Había estado en Nicaragua, Panamá, Colombia; de todos los países en los cuales había trabajado, Venezuela era seguramente el más incómodo. “Incómodo” –pensó-, para no pensar “difícil”, adjetivo que estaba prohibido en su profesión. Aquí no había dificultades: los muros y barricadas que se alzaban de cara al progreso serían roídos poco a poco con el paso del tiempo. Al final, la historia siempre daba el golpe de gracia: los sandinistas nunca pudieron gobernar, Noriega era un narcotraficante y Colombia se consumía a sí misma en una vorágine de violencia desde que Gaitán recibió aquel balazo en el cuarenta y cinco.

 

Sobrevoló la muchedumbre con su vista mientras buscaba fijar un blanco. Tomó sus prismáticos y calculó la distancia hasta que los manifestantes llegaran a su campo de tiro: en tres o cuatro minutos, a lo sumo, entrarían en su red mortal.

 

Revisó, con su ojo avizor, las inmediaciones: podía ver, a menos de un kilómetro de distancia, el Puente Llaguno del centro de Caracas. Un poco más allá estaban las inmediaciones del Palacio de Miraflores que retenían –vivo por el momento-, al Presidente  de Venezuela.

 

Tomó el fusil M24 SWS entre sus brazos y se aprestó a hacer el trabajo para el cual había sido entrenado. Su mano izquierda envolvió el cañón como los labios de una enamorada arropan el sexo de su pareja, mientras su mano derecha se apoderaba firmemente de la culata. Reposó ésta sobre el hueco de su hombro y buscó una buena posición, abriendo los codos. Tendría pocos minutos para desalojar el edificio al terminar la operación.

 

Después de relajarse y equilibrar su respiración, Johnny estaba listo. Pidió instrucciones al comando central a través del radio ajustado a su oreja. Luz verde. Se precipitó.

 

Poco importaban las víctimas, más allá del número. Trató de apuntar a alguno de los facinerosos, cuidándose de no colocar a las madres y niños que marchaban bajo su fría mira telescópica. Sudor. Siempre el sudor, en estos países ecuatoriales. Escuchó su respiración, calmada aunque dubitativa, y volvió a recibir las órdenes del otro lado del radio. Luz verde, Johnny, luz verde. Se concentró. ¿Quién sería el peor agitador del grupo desordenado que se precipitaba hacia el puente? ¿Cómo se vestían los comunistas hoy en día? ¿Quién dejaría de vivir hoy, bajo el fuego preciso de su fusil?

 

Dios le dio la potestad de decidir quién moría. Ese era su don. Sobre la vida, este hombre no sabía nada, ya que su reino era oscuro como la venganza. El era lo negativo, la no-existencia; él era quien daba sentido a la vida. ¿Cuántas personas podían jactarse de disponer de ese poder? Otra gota de sudor comenzó a bajar por sus pronunciados pómulos. Fijó su mira.

 

Lentamente, apretó el gatillo. La explosión siempre era la misma, a pesar de que los muertos cambiaban de lugar. Las caras, en cambio, no cambiaban. Cuando se hace este trabajo tanto tiempo como él lo había hecho, las caras son sustituidas por una cara genérica que engloba a todas las víctimas, presentes y futuras. Vio esa cara caer y escuchó las reacciones de la multitud. “Hasta aquí llegan” –pensó, mientras volvió a cargar el fusil. Repitió la operación varias veces hasta que recibió la orden de cese al fuego. Logró distinguir, a lo largo de toda la avenida, los demás cuerpos que habían sido abatidos por sus colegas. “Proceda a retirarse”, le indicó la voz metálica al otro lado de sus audífonos.

 

Johnny desmontó rápidamente su fusil, como tantas veces lo había hecho y quién sabe cuántas veces más lo haría en el futuro de este ensangrentado continente. Las piezas cayeron en su sitio, como pedazos de un rompecabezas que conocía de memoria y podía armar con los ojos vendados. Cerró el maletín.

 

Se apresuró a guardar el resto de su equipo, su gorra negra, sus prismáticos y su radio, mientras se cubría con una chaqueta que seguro lo haría pasar desapercibido entre la multitud. Repasó mentalmente su protocolo de repliegue y, después de corroborar que todos los pasos habían sido cubiertos, se dirigió hacia la puerta que conducía a la escalera y la salida del edificio.

 

Bajó con premura los escalones mientras escuchaba cómo los resultados de su intervención desbordaban la avenida: Entre gritos, explosiones de balas y bombas lacrimógenas, el centro de la ciudad se convertía en torbellino de desesperación.

 

Cerró la puerta del edificio para encontrarse, como estaba planeado, en la calle atrás de la avenida. A pesar de estar acostumbrado a este tipo de operaciones y haber sido entrenado para reaccionar bajo todo tipo de presión, el panorama nunca era igual; cada intervención, cada huída y repliegue estaban signados por la adrenalina que inundaba su cuerpo y lo colocaba en el máximo nivel de atención posible. Recostado contra el edificio, revisó su pistola nueve milímetros, se retiró los lentes oscuros y se colocó el morral en la espalda. Tomó el estuche de su fusil en la mano izquierda y se ubicó espacialmente para dirigirse hacia un sitio seguro.

 

Atravesó varias calles para intentar llegar a la camioneta operativa antes de detenerse para corroborar que la vibración que sentía en el abdomen venía de su teléfono móvil. Oprimió el botón de “descolgar” y, sin pronunciar palabra alguna, afincó su oreja al auricular: “Proceder con caución. Escenario ‘D’ en marcha”, espetó la voz del otro lado de la comunicación. Embolsilló el aparato y miró hacia los lados, en cualquier momento llegarían. Estaba a doscientos metros de la camioneta pero dudaba poder alcanzarla sin despertar sospechas de sus perseguidores. Giró hacia la izquierda, buscando diluirse en la masa de gente que seguramente huía del puente y de las balas. Se decidió, su mejor opción era conseguir una estación de Metro abierta o lograr aventar un taxi que lo pusiera al abrigo de la operación. Se precipitó hacia la estación La Hoyada.

 

Fue a pocas esquinas de llegar al Metro donde finalmente los vio. Volteó a la izquierda a nivel de la calle norte 4 para ver un grupo de individuos, claramente organizados y armados, que se dirigía hacia él.

 

-¡Epa, pana! ¡Párate ahí! –lo increpó uno de los primeros mientras lo señalaba con un bate de béisbol. Johnny miró en sentido contrario. Trazó una ruta de escape y, sin responder a los agresores, se lanzó en una carrera a toda velocidad mientras su mano derecha buscaba su arma.

 

-¡Hey! ¡Párate! ¡Chamo, chamo, agarren a ese! ¡Hijo de puta! ¡El coño de su madre! –Oyó decir tras de él mientras huía, embalado, hacia la estación de Metro. Trató de perderlos entre algunas calles pero era cierto lo que le habían explicado durante el informe sobre Caracas: Las calles del Centro son amplias y abiertas, difíciles para sacudir a un perseguidor.

 

No tenía otra opción. Su entrenamiento había contemplado todas las posibilidades y sólo podía atenerse a las órdenes despachadas desde el cuartel general. Giró en una esquina y se detuvo repentinamente, recostándose contra la pared y desenfundando su nueve milímetros. Podía ver, a no más de veinte metros, la entrada de la estación La Hoyada, completamente cerrada. Sin embargo, la circulación vehicular se había restablecido, por lo cual podría secuestrar a alguien y obligarlo a conducirlo a un sitio seguro, o simplemente despojarlo de su vehículo. Contó hasta tres y se asomó por la esquina empuñando su arma predilecta. Dio dos disparos, fallando a propósito, y luego se concentró para enterrarle una bala en la pierna a uno de sus perseguidores. Vio cómo caía herido y pedía socorro a sus amigos.

 

Johnny Martínez corrió con todas sus fuerzas hacia la calle que aún estaba transitada. Se le atravesó a un automovilista mientras lo apuntaba con su arma, obligándolo a detenerse para luego acercarse a la puerta del conductor y gritarle que se bajara si no quería que le volara los sesos. El conductor tropezó mientras se bajaba del carro, siempre mostrando las manos, antes de retirarse y empezar a correr hacia alguna calle. Pero la vacilación del inocente transeúnte fue suficiente para desestabilizar a Johnny quien, apuntándolo en el piso y gritándole que corriera lejos de ahí, no se percató del sujeto que lo apuntaba a su vez desde la calzada de enfrente.

 

Johnny estaba parado entre la puerta abierta del automóvil, con una pierna flexionada para montarse y sus brazos en el techo del vehículo. Cuando alzó la mirada ya era demasiado tarde. Sólo vio la pupila brillante del sujeto, alineada perfectamente con la mira de su revólver. El otro ojo, cerrado en un guiño, garantizaba que el tipo no era ningún principiante. Sus manos firmes, una empuñando el arma y la otra proporcionando estabilidad desde la base de la cacha, delataban algún tipo de entrenamiento. Pero lo que más impactó a Johnny, lo que hizo que su sangre se helara como pocas veces lo había hecho durante una operación, era que la sonrisa del sujeto funcionaba como prueba de que no era la primera vez que había matado. Sus resplandecientes pero cuarteados finos estirados cerrados templados labios trazaban una pequeña línea de satisfacción, como un torero antes de dar la estocada final.

Información, capítulos adicionales, vínculos:

http://www.moebius77.com/novela/yo-mate-a-simon-bolivar/ 

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