Delhirium tremens

Delhirium tremens

La ciudad de Delhi es una anciana convaleciente, boca arriba e inmutable, como tortuga en una playa de desperdicios. Desde que aterrizamos, su enfisema pestilente nos envuelve: Delhi escupe olas de contaminación y podredumbre al ritmo de sus rickshaws estridentes y anárquicos. El retumbar obsesivo de sus bocinas oligofrénicas gobierna la calle, los peatones sortean taxis, autobuses, carretas, vacas, vendedores ambulantes y cocineros nómadas; todo bicho que camine, repte o se arrastre cohabita en la capital India con sistemas de locomoción más o menos improvisados (ver video).

 

Los semáforos en Delhi son como una novia sumisa. Jamás ordenan -ni siquiera pretenden elevarse por encima del caos citadino-, simplemente sugieren, susurran, ventilan posibilidades y lanzan propuestas a la masa informe de conductores. La luz roja en una esquina de Connaught Place significa un tímido “tal vez sería buena idea que te detuvieses, no sé, digo yo”, propuesta que es ignorada olímpicamente por la jauría de motores que rugen y avanzan, aplastándolo todo, como Atila.

 

En esta ciudad, y en la sociedad india en general, el tiempo ha desaparecido de sus relojes. Las cosas suceden cuando tienen y deben suceder. Cualquier pretensión de trazar hilos de causa-efecto choca con la dura realidad de un país regido por una especie de “happening” permanente. Los trenes llegan al mejor estilo Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, atrasados, adelantados o tal-vez-en-algún-momento-futuro-no-sabemos; eso acá no reviste importancia alguna.

 

Igual sucede con el resto de la ciudad, que se convierte en un devenir eterno. La gente se echa a dormir cuando llega Morfeo, engulle samossas cuando el hambre acecha, se baña cuando se siente sucia. Nada detiene el fluir del río, los indios se contentan con flotar alegremente hacia un destino desconocido pero seguro.

 

Los indios nos interpelan con fascinación al vernos intentar sortear y entender su ciudad. Su orgullo es ejemplar y envidiable: muchos nos hablan simplemente para expresar el honor que es para ellos ser nuestros huéspedes en su país. Otro se acerca a nosotros, nos ayuda, nos orienta. Cuando le preguntamos qué espera sacar de todo esto, que nuestras finanzas no permiten contar con los servicios de un guía, nos explica que es “karma”. Que él pretende viajar y espera conseguir la misma generosidad en un futuro, de la parte de otras personas, en otras latitudes.

 

Visitamos los vestigios de las múltiples civilizaciones que han pasado por Delhi, desde las más aindiadas, hasta las más islámicas. Ambas culturas se abrazan y se unen para erigir minaretes y palacios imponentes por toda la ciudad. Entre las fritangas callejeras y los mercados ambulantes aparecen monumentos imponentes construidos con la sangre de las guerras entre civilizaciones y religiones. Todo sincretismo urbano se levanta sobre las tumbas de aquellos caídos en las amargas luchas iniciadas por seres egocéntricos y megalomaníacos.

Delhi sacude mis certidumbres y me llena de interesantes datos: aprendo que la canción favorita de Gandhi era ” Vaishnav Jan to tene kahiye“, no “Who let the dogs out?”, como yo pensaba. Caminamos sus contaminadas calles con una fila de rickshaws siguiéndonos como al flautista de Hamelín (“very cheap sir. I take you”), esquivamos vendedores y timadores de toda índole, bebemos cerveza en los bares ilegales de la ciudad.

Terminamos el periplo junto a Gautam, el último eslabón de una cadena que empieza, “el amigo de un amigo de un amigo” (etc.), quien ha logrado finalmente reencarnar en Brahmán. En la lotería social que representan las castas, a él le fue adjudicada la posibilidad de llevar una vida de estudios y trabajo. Gautam es una persona increíblemente cálida y amable, quien nos abre las puertas de su casa y nos invita a cenar. Nos explica su visión de la India, sus decepciones y aciertos, la galopante inigualdad y pobreza que golpea a una inmensa parte de la población. No todos han sabido esquivar los obstáculos para montarse en el tren del progreso informático y de libre mercado de los noventa. En la India, aquellos sin papel que jugar en la nueva economía han quedado relegados y olvidados por el sistema. Se les deja hacer de las suyas e inventarse un futuro al margen de la sociedad. La supervivencia es su única meta. Son ellos los que manejan las carretas o venden té chai en las esquinas. Son los desclasados, los asociales, los va nu pieds (literalmente) producto del modelo actual. En otras ciudades los controlamos, los encerramos, los ghetto-izamos; en la India, rondan libremente, convencidos de que su fortuna está ligada a las reencarnaciones. No han salido de la boca de Brama sino de sus pies, y la India ha conseguido, a través del sistema de castas, legitimar todos los fracasos de nuestra globalización, etiquetando estos niños del Brasil neoliberal, estas grotescas reacciones inesperadas al fallido laboratorio económico mundial, como dalits o shudrás.

 

(Continuará…)

 

 

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