Europa precaria: los abortos de la globalización

Europa precaria: los abortos de la globalización

Son casi las nueve de la mañana cuando mis zapatos pisan el hierro de las vías. Es el día más frío del año; la temperatura en la región parisina ha bajado drásticamente a niveles glaciales. Es un frío sádico, paciente y calculador, como el suplicio chino de la gota de agua. El viento helado rodea mis talones y empieza a escalar lentamente; luego, la piquiña en las batatas, como picadura de hormiga, se transforma en mordiscos sobre la piel. Poco a poco, las jeringas microscópicas se vuelven dientes incisivos, el ardor se vuelve quemadura y continua su progresión hacia los muslos, la espalda y el cuello hasta congelar toda mi alma.

 

Rick, nuestro contacto con la empresa francesa de transporte férreo, la SNCF, nos informa, la voz temblorosa de frío, que veremos los trabajos de reparación de una vía. A poco más de doscientos metros empiezan a dibujarse las sombras de los obreros a través de la neblina. Llevan casi dos horas allí, aflojando tuercas y cambiando piezas de una vía que se extiende hasta perderse de vista. A pesar de que el trabajo parece destinado a Sísifo, los obreros lo toman con increíble optimismo: se intercambian bromas y, camuflados en la nube de condensación que sale de sus bocas, podemos distinguir los dientes detrás de sus sonrisas.

-Hay cada vez menos puestos de trabajo –nos explica Rick-, porque el trabajo es bastante exigente.

-¿Pero ganan un buen sueldo, no? –le pregunto.

-Ni siquiera. Un obrero con estas calificaciones debe estar por los mil doscientos euros por mes –nuestras caras se retuercen con estupefacción-, pero a veces tienen bonos y eso.

-¿Bonos por trabajar en el frío, digamos? –(ya no siento los dedos de los pies)-.

-Nah. Hay bonos por trabajar en zonas alejadas de tu residencia, pero estos obreros vienen todos de acá, de Dreux. También hay bonos y compensaciones por el trabajo nocturno, entre la medianoche y las seis de la mañana, por ejemplo.

-¿Y en ese caso, el sueldo es de cuánto?

-Más o menos mil seiscientos…

Rick es un “Drouais” de pura cepa. Nació y creció en este pueblo, por lo cual vivió la transformación devastadora de una región que no encontró su puesto en la globalización programada desde Washington, París y Maastricht. Lo que alguna vez fuera un lugar preferido para la instalación de fábricas se ha convertido en una ciudad-dormitorio como resultado de la deslocalización de empresas. El desempleo galopante acompañó la partida de gigantes como Phillips, quienes se fueron “allá donde la mano de obra es más barata”. El pueblo, antes arteria de una economía floreciente, hoy en día sólo ofrece desespero y desolación. Presenta los estigmas de aquellas periferias crucificadas en busca de la felicidad “productiva” del capitalismo tardío: una estación de trenes, gris y deprimente, frente a un café llamado “Estación terminal”, cerca de una oficina pública de empleo que solamente sirve para emplear a quienes trabajan en su interior y, al lado, una venta de sándwiches kebab que expugna un olor a aceite quemado de baja calidad.

-Pero al menos está la compañía férrea, la SNCF –le digo a Rick con timidez.

-Seh. Pero hay cada vez menos contratos fijos. Para empezar, hay pocos candidatos que se presentan ya que el trabajo es bastante difícil y exige un esfuerzo físico mayor. Luego, los que se presentan no logran pasar las pruebas de admisión. Y el golpe de gracia es que cada vez sub-contratamos más porque es más barato. Entonces, muchos obreros se van a buscar trabajo en el sector privado.

-¿Y allí sí obtienen un mejor sueldo?

-Para nada. Se les paga menos y tienen menos seguridad contra accidentes en las obras.

Admito que me invade una sensación de alivio cuando veo la estación de trenes alejarse a través de la ventana en el camino de más de una hora de regreso a París. Habría que seguir la iniciativa de Texas o Tel Aviv y construir un muro (electrificado, por qué no), entre París y estos suburbios periféricos. Porque el día cuando Rick y sus vecinos dirán basta no está lejos. Mientras las juntas directivas cierran las fábricas y se van a explotar los obreros de ultramar, mientras las empresas sub-contratan al sector privado que ofrece salarios de miseria, mientras los obreros sienten el ardor del frío invernal en sus labios partidos, los pueblos como Dreux ven sus sueños triturados por la máquina apisonadora de la globalización, que escoge a los “productivos” y excreta a aquellos que no caben en el plan magnánimo de “desarrollo”, lanzándolos a los suburbios periféricos deprimentes y carentes de esperanza.

 

Porque el espejismo de “justicia y democracia” que mantiene este sistema en marcha con la ilusión de “escoger” entre François Hollande y Sarkozy empieza a hacer aguas. Y, cuando los abortos de la globalización se pongan en pie de guerra, los motines de la región parisina de 2005 parecerán una gresca de taberna comparados con la violencia que vamos a presenciar.

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